Yo no comprendo cómo dice la gente que se aburre. A mí nunca me da tiempo para todo lo que quisiera hacer…
Para mí vivir es no tener prisa, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, (...) no permitir que nos humillen o nos engañen, no contestar que sí ni que no sin haber contado antes hasta cien (...) Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar… y vivir es reírse.
He conocido a mucha gente a lo largo de mi vida (...) que en nombre de ganar dinero para vivir, se lo toman tan en serio que se olvidan de vivir.
A veces en nuestras tierras se dan ciertas naturalezas que, no importan los años que pasen desde el encuentro, nunca se es capaz de recordarlas sin un escalofrío. A esta clase de naturalezas pertenece Katerina Lvovna Izmáilova, la mujer de un mercader que una vez interpretó un drama terrible tras el que nuestros nobles, por la palabra fácil de alguien, empezaron a llamarla la lady Macbeth de la provincia de Mtsensk.
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Izmáilov pidió su mano y, siendo como era una muchacha humilde, no iba a tener pretendientes como para elegir.
Ella deambulaba sola de habitación en habitación sin hacer nada (...) en ningún lugar de la casa había un sonido vivo, una voz humana.
Cinco largos años vivió Katerina Lvovna esta vida aburrida en la magnífica casa de su suegro, a la sombra de su poco cariñoso marido; pero, como suele ocurrir, nadie prestó la más mínima atención a ese aburrimiento suyo.
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Al principio, se aburrió aún más sin su marido, pero luego le pareció que estaba hasta mejor: sola se veía más libre.
-¿Tu niño está bien?
-Sí, señora ...
-¿Y de quién es?
-Uf, una noche alegre, mucha gente, ya sabe, una noche alegre.
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-Creo que si tuviera un niño, me sentiría más alegre, sí.
-Entonces, permítame que le informe, señora, que para tener un niño hay que hacer algo...
¿Qué gente has conocido tú para que la que el único camino hasta una mujer es una puerta?
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-Dime dónde has estado.
-He estado allí donde ahora ya no estoy...
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Y sin vergüenza alguna por la opinión de la gente, lo metió en la cama del marido para que se recuperara de los latigazos del suegro.
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Respirar abrumaba, invitaba a la pereza, al deleite y a oscuros deseos.
-Solo los maridos besa así a sus esposas -continuó Katerina Lvovna jugando con sus rizos-, como si estuvieran quitándole el polvo de los labios.
... así que si me engañas con cualquiera, Seriozha, si me cambias por otra, perdóname, amigo de mi alma, pero viva no me separaré de ti.
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He venido desde el cementerio para ver cómo Serguéi Filíppych y tú mantenéis caliente la cama de tu marido. Miau, miau, y no veo nada. No me tengas miedo: con tu comida hasta los ojos se me salieron.
Incluso podía oír cómo el corazón celoso de él latía acelerado, pero no era lástima, sino risa malvada lo que se apoderaba de Katerina Lvovna.
Corres tras el viento si añoras el pasado.
-Lo encontré en el jardín y me lo puse en la falda.
-¡Ajá! -dijo Zinovi Borísych con especial acento-, algo he oído yo también de vuestras faldas.
-Bueno, pues aquí está -decía pocos segundos después llevando a Serguéi del brazo y metiéndolo en la habitación-. Pregúntanos eso que sabes. Puede que averigües bastante más de lo que desearías.
Katerina Lvovna se echó a reír y besó fogosamente a Serguéi en presencia de su marido.
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No dejó escapar ningún grito, pues sabía que su voz no llegaría a oídos de nadie y sí que precipitaría el asunto.
Aún no había llegado a enfriarse el agua del samovar con el que Zinovi Borísych había calentado con té envenenado su alma de dueño y señor, cuando la mancha hubo salido sin dejar rastro.
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Pero antes de que llegaran a cicatrizar las marcas dejadas por los dientes de Zinovi Borísych en el cuello de Serguéi, se empezó a echar en falta al marido de Katerina Lvovna.
Y, de pronto, hale, sin saber cómo ni cuándo, una nueva desgracia.
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Mi alma ha asumido tantos pecados -pensaba Katerina Lvovna-
Y, de repente, fue como su unos demonios hubieran roto sus cadenas y en su interior se posaron de golpe los antiguos pensamientos sobre todo el mal que ese crío le iba a causar y lo bien que estaría si él no existiera.
Las ventanas con los postigos cerrados empezaban a deshelarse y a llorar.
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Katerina Lvovna en un único movimiento cubrió la carita infantil del mártir con una gran almohada de plumas y la aplastó con su pecho firme, elástico.
Los muros de la casa silenciosa, que tantos crímenes ocultaba, empezaron a temblar por culpa de unos golpes ensordecedores.
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El niño estaba tumbado en la cama y ellos dos lo estaban ahogando.
-Pero ¿por qué? -le preguntaron.
-Por él -respondió ella señalando a un cabizbajo Serguéi.
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La primavera había empezado en el calendario, pero el solo, según un dicho popular, brillaba con fuerza pero no calentaba.
El hombre se acostumbra, en la medida de lo posible, a cualquier situación desagradable y en cada situación mantiene, en la medida de lo posible, la facultad de perseguir sus escasas alegrías.
Pero seguía soportándolo, seguía guardando silencio y engañándose a sí misma.
Es como la hiedra: se enreda y enreda, pero lo que se dice dar, no da nada.
Era la simplicidad rusa, perezosa hasta para decir 'largo de aquí'.
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Se decía a sí misma: 'No lo quiero', pero sentía que lo quería aún más, con mayor pasión.
Pero su orgullo, aún más que antes, no le permitía ser ahora la primera en acercarse para hacer las paces.
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Un puñado de personas apartadas del mundo y privadas de cualquier sombra de esperanza de un futuro mejor
'Maldice el día de tu nacimiento y muérete'
Lady Macbeth de Mtsensk.
Nikolái Leskov
Ilustraciones de Ignasi Blanch; traducción de Marta Sánchez-Nieves.
Nueva edición de la lectura compartida de un clásico ruso.
Al caer las hojas otoñales vamos acercándonos al viejo invierno con la lectura conjunta de un clásico de la literatura rusa. Porque a los rusos hay que leerlos cerca del samovar y mientras sopla un viento gélido fuera de nuestra dacha.
La lectura de este otoño será:
Lady Macbeth de Mtsensk
Es la obra más conocida de su autor, Nikolái Leskov (1831-1895). Adaptada al cine y a la televisión. Y famosa por la ópera del compositor Dmitri Shostakóvich.
En sus bibliotecas favoritas pueden encontrar el libro. 👍 Es una novela corta.
Lady Macbeth de Mtsensk.
Ilustraciones de Ignasi Blanch; traducción de Marta Sánchez-Nieves. Nórdica, 2015. 136 p.
I en català:
Lady Macbeth del districte de Mtsensk.
Traducció de Jaume Creus del Castillo. L’Avenç, 2014. 92 p.
Como bonus o complemento un par de adaptaciones:
Lady Macbeth (2016) dirigida por William Oldroyd
Existe una adaptación yugoslava (!) titulada Lady Macbeth en Siberia (Sibirska Ledi Magbet; 1961) dirigida por Andrzej Wajda.
Y una versión rusa, Katerina Izmailova (1967) dirigida por Mikhail Shapiro, aunque aquí lo que adaptan es la ópera de Shostakóvich.
Y hablando de ópera, hay que ver la adaptación operística de Dmitri Shostakóvich. Les dejo dos producciones, las dos con SUBTITULOS en castellano.
En el verano de 1844 el narrador (Dickens), su esposa, la cuñada, los niños, una niña y DOS niñeras, cruzan Francia ("ese país donde los hombres de pequeña estatura se hacen soldados"😏 ) camino a Italia donde pasarán unas vacaciones de varios meses.
El cochero avispado y muy social ("Nunca había pisado esta casa antes, pero ya conoce a todo el mundo -a los cinco minutos- y seguro que todo el mundo aquí está absolutamente encantado con su presencia.") les evita sablazos en las pensiones.
A Dickens las pensiones y las posadas italianas no le gustan:
"Las casas, grandes y altas, sucias hasta lo indecible, podridas como quesos viejos y pobladas hasta el hacinamiento..."
"... el rasgo más repetido en la arquitectura interior de todas las posadas italianas es el hecho de que el fuego sube por el tiro de la chimenea, pero el humo no."
"A uno no le importan (...) que sus propios caballos sean albergados debajo de su cama, tan cerca que cada vez que un caballo tose o estornuda, lo despierta a uno."
😴 ¡Achuss¡🐴
También hace un repaso de algunas poblaciones. Todas feas, sucias y pobres:
"Bolonia: otra ciudad vieja y sombría bajo un cielo radiante."
"Ferrara: la ciudad más solitaria, más despoblada y desierta de todas las que componen esa solemne hermandad"
"Bozzolo: una de las ciudades más desiertas y sacudidas por la pobreza que se haya visto."
"Ronciglione, un pueblecito que parecía una gran pocilga."
"Tomen Fondi en nombre de todo lo deleznable."
Otras no dice que sean feas, pero deja claro que mejor no ir:
"Existía en Livorno un club de asesinos, cuyos miembros no tenían ojeriza a nadie en particular pero apuñalaban gente (normalmente extraña para ellos) en las calles por la noche, por mero placer..."
😱 🔪
¡Por fin, Dickens encuentra un lugar que le gusta!
"Llegué a un sitio de una belleza inimaginable, de una grandeza tal que todo lo demás parecía pobre..."
Ese sitio es Venecia. También le agradan Verona (porque la conoce de Romeo y Julieta 😄), Génova, Florencia y Roma.
Aunque claro, la primera impresión de Roma es algo egocéntrica: "Parece Londres."
🤣🤣🤣 Es pa'matarlo
Dickens llega a Roma por Carnaval y está allí hasta Semana Santa. Vive toda la fiesta y todo el recato religioso, visitando el Vaticano y viendo al Papá (no lo nombra nunca, pero por fechas debía ser Gregorio XVI). En Roma la da tiempo de asistir a una ejecución pública.
Y lo que más le agrada es el Coliseo romano.
Con buen británico Dickens ve fácil solucionar los problemas de los demás. En las canteras de mármol de Carrara, ve como sufren y mueren bestias de cargas (y trabajadores) y lo despacha así:
"Construir un ferrocarril en una de estas laderas (la cosa más fácil del mundo) sería pura blasfemia"
Aunque esté de vacaciones, Dickens escribe como Dickens (si una descripción puede ser larga, más te la pagarán).
"estúpido, viejo, con cara de bobalicón y comedor de ajos, infinitamente caballeroso, con un pedacito de cinta roja colgándole de un ojal...".
También atiza a otros turistas y sus cosas:
[Un viajero] "como estaba enfermo, estaba enfadado y por tanto se negó a devolver el diccionario, que guardó debajo de su almohada, obligando a sus compañeros a a bajar a verlo continuamente para preguntarle cómo se decía en italiano..."
En Italia también hay momentos para el enamoramiento (platónico)
"... una muchacha de muy buen ver en pie, con una combinación bastante escasa de tela..."
En general, la impresión de Dickens de las gentes de Italia se resume así:
"Gente comiendo macarrones al ponerse el sol, vendedoras de flores que trabajan durante todo el día, mendigos y ladrones por doquier y a todas horas."
Y una extraña manía con Napoleón:
"Donde hay muchas cabezas hay, en una de ellas, un impresionante parecido accidental con Napoleón."
🇮🇹🇮🇹🇮🇹🇮🇹🇮🇹🇮🇹🇮🇹🇮🇹
Pero ese Dickens del que hablas, ¿Quién es? Saber más.
Los padres de Orlando habían cabalgado por campos de asfódelos, y campos de piedra, y campos regados por extraños ríos, y habían cercenado de muchos hombros, muchas cabezas de muchos colores, y las habían traído para colgarlas de las vigas.
Sus abuelos habían sido nobles desde que empezaron a ser. Habían salido de las nieblas boreales con coronas en las cabezas.
… para determinar un matiz preciso de verde, miró (y con eso mostró más audacia que muchos) la cosa misma, que era un arbusto de laurel bajo la ventana.
Una cosa es el verde en la naturaleza y otro en la literatura.
Hombres de letras cuya ingenio tan a menudo les impide ascender.
Los curas la gobernaban y economizaban su ropa interior para socorrer a los pobres.
Se congelaban los cadáveres y no los podían arrancar de las sábanas.
Era tan extraordinario el rigor de la helada que a veces ocurría una especie de petrificación; y era general suponer que el notable aumento de rocas en determinados puntos de Derbyshire se debía, no a una erupción (porque no la hubo), sino a la solidificación de viandantes infortunados que habían sido convertidos literalmente en piedra.
Entonces le pareció que la vida no valía la pena de ser vivida.
Pues una vez que el mal de leer se apodera del organismo, lo debilita y lo convierte en una fácil presa de ese otro azote que hace su habitación en el tintero y supura en la pluma. El miserable de dedica a escribir.
Parecía más habituado a regañar que a adular; a disputar que a arrullar; a trepar que a ascender; a luchar que a reposar; a odiar que a amar. Eso lo traicionaba también cierta rapidez en sus movimientos, y algo suspicaz y fogoso en la mirada.
Hablaba todo el tiempo de sí mismo, pero era tan ameno su trato que uno podía pasarse la vida escuchando la historia de su fiebre.
No sería exagerado decir que salía con treinta años después de almorzar y volvía a cenar con cincuenta y cinco a lo menos.
El cambio de sexo modificaba su porvenir, no su identidad.
En circunstancias normales una muchacha linda y sola no hubiera pensado en otra cosa: el edificio entero de la moral femenina descansa en esa piedra fundamental; la pureza es su joya, su eje central, que deben proteger hasta la locura y a cuya pérdida no deben sobrevivir.
¿Un poco de gordura, señora? -le preguntó-. Permítame servirle una rebanadita del tamaño de una uña.
Entonces era el perseguidor, ahora la fugitiva.
Mentir le parecía inhábil y trabajoso.
Hay que peinarse -pensó-, y sólo eso me tomaría una hora cada mañana.
Y dio que pensar a qué punto habíamos llegado, cuando una mujer tiene que ocultar su belleza para que un marinero no se caiga del palo mayor.
La poesía puede corromper más seguramente que la lujuria o la pólvora.
Orlando ya sabía por su propia experiencia de hombre que éstos lloran tan a menudo y tan sin razón como las mujeres; pero también sabía que las mujeres deben escandalizarse cuando los hombre se emocionan delante de ellas, y se escandalizó.
Muchas mujeres jurarían que nunca es tan sensible la soledad como inmediatamente después de que a uno le haya hecho el amor.
Algunos filósofos dirán que el cambio de traje tenía buena parte en ello. Esos filósofos sostiene que los trajes, aunque parezcan frivolidades, tienen un papel más importante que el de cubrirnos. Cambian nuestra visión del mundo y la visión que tiene de nosotros el mundo.
A no ser posible dar un paseo, sin que la asfixiaran, sin que le regalaran un sapo de esmeraldas, y sin que un Archiduque le hiciera un ofrecimiento matrimonial.
Es indiscutible que la mudez de las bestias es un estorbo para los refinamientos del diálogo.
Todo es una ilusión (lo cual no significa un reproche, porque las ilusiones son lo más necesario y lo más precioso que hay en el mundo, y quien puede crear una sola es un máximo bienhechor), pero como es sabido las ilusiones se hacen pedazos cuando las toca la realidad.
Todos los secretos de un escritor, todas las experiencias de su vida, todos los rasgos de su espíritu, están patentes en su obra, y sin embargo exigimos comentarios críticos y relatos biográficos. La única explicación de ese crecimiento monstruoso es la necesidad de matar el tiempo.
Una mujer sabe muy bien que por más que un escritor le envíe sus poemas, elogie su criterio, solicite su opinión y bebe su té, eso no quiere absolutamente decir que respete sus juicios, admire su entendimiento, o dejará, aunque le esté negado el acero, de traspasarla con su pluma.
Y yo, la dueña de todo esto -Orlando pensó, echando una mirada al pasar a las innumerables ventanas heráldicos del hall-, estoy soltera, estoy impar, estoy sola.
-Señora -gritó el hombre echando pie a tierra-, ¡usted está herida!
-Estoy muerta, señor -le contestó.
Minutos después estaban comprometidos.
Y con tal que piense en un hombre, a nadie le parece mal que una mujer piense.
Mientras ella escribía, el mundo había continuado. Exclamó:
-¡Si yo me hubiera muerto, hubiera sido lo mismo!
En cuanto uno se pone a declamar palabras ¡qué tontas parecen!