Breve encuentro (en Tokio)
Un actor venido a menos viaja a Japón para rodar un anuncio de un whisky.
En sus solitarias noches de hotel coincide con una joven esposa hastiada ya de su incipiente matrimonio.
Las dos almas solitarias encontrarán algo de consuelo en medio del frenético bullicio de una megalópolis que nunca duerme. Dormir. Algo que ellos no logran.
La incomunicación que refleja la película va más allá del choque idiomático y cultural evidente. Tampoco entre los que comparten lengua y cultura hay verdadera comunicación.
Bob, Bill Murray, mantiene fragmentarias conversaciones con su esposa. Ella le manda faxes o paquetes con muestras para elegir el color magenta de la moqueta. Y sus llamadas telefónicas son breves, inconexas y frustrantes.
Charlotte, Scarlett Johansson, vive en la habitación del hotel con su marido. No es que discutan o se llevan mal, es que están ya a años luz de distancia.
Y uno puede preguntarse: ¿Qué clase de tonto se va a trabajar dejando que Scarlett Johansson se aburra?
Así que Bob y Charlotte, se encuentran, cruzan palabras, y salen por el Tokio nocturno. ¿Es un romance? ¿Son amigos? ¿Son amante imposibles? En todo caso lo suyo es un breve encuentro... en Tokio.
La directora Sofia Coppola, hija de ya saben ustedes quién, empezó una carrera actoral siendo un bebé en El Padrino y siendo asesinada, en la ficción y por la crítica cinéfila, en El Padrino III.
Coppola vivió un tiempo en Japón y plasmó en la película su interés por la ciudad. Y, según dicen los cotillosos, parece que hay un paralelismo poco escondido entre la propia directora y su ex pareja y ese gélido y desconectado matrimonio de Charlotte en la película.
Hecha para la máxima gloria del payaso triste de Bill Murray, la película se impregna pronto de la mirada del personaje. El personaje de Murray, amargado y vacío, se deja llevar de aquí para allá con esa apatía que tan bien refleja.
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