miércoles, 14 de agosto de 2024

Relato "La brujita" de Robert Bloch

 Sweets to the sweet (1947)


Robert Bloch


Otros títulos en castellano:
La brujita
Dulces para esa dulzura
Dulces para lo dulce


Relato completo (castellano)

LA BRUJITA 



Irma no tenía figura de bruja. Tenía unos rasgos menudos, regulares, un cutis melocotón y crema, ojos azules, y cabello rubio, casi ceniciento. Además, era una niñita de ocho años.

—¿Por qué la fastidia así? —sollozaba miss Pall—. De este modo le vino la idea, al principio: porque él la llama brujita.

Sam Steever acomodó nuevamente la voluminosa barriga en el crujiente sillón giratorio y plegó las gordas manos sobre el regazo. Su adiposa máscara de abogado permanecía impasible; pero estaba bastante afligido.
Las mujeres como miss Pall no deberían sollozar nunca. Las gafas les resbalan, la delgada nariz se les encoge, los arrugados párpados se les enrojecen y el lacio cabello se les desordena.

—Por favor, domínese —invitaba Sam Steever—. Quizá si discutiéramos ese asunto, desde el principio hasta el fin, de una manera sensata…

—¡No me importa! —miss Pall se sorbía las lágrimas—. Yo no vuelvo allá. No lo soporto. Y a fin de cuentas, tampoco puedo hacer nada. Aquel hombre es su hermano, y ella es la hija de su hermano. La responsabilidad no pesa sobre mí. Yo hice cuanto pude…

—Claro que hizo cuanto pudo —Sam Steever sonrió benignamente, como si miss Pall fuese la presidente de un jurado—. Lo comprendo perfectamente. A pesar de lo cual, no comprendo por qué se ha trastornado usted tanto, querida señorita.

Miss Pall se quitó las gafas y se secó los ojos con un pañuelo estampado de flores. Luego depositó la mojada pelota de tela en el bolso, apretó el cierre, se puso los lentes de nuevo y se irguió en la silla.

—Muy bien, míster Steever —dijo—. Voy a esforzarme lo mejor que sepa para enterarle bien de los motivos que me inducen a dejar de ser una empleada de su hermano.

La buena mujer reprimió un sorbetón tardío, y continuó:

—Me presenté a John Steever hace dos años, como usted sabe ya, respondiendo a un anuncio en que se solicitaba un ama de llaves. Cuando descubrí que había de actuar de gobernanta de una niña de seis años, huérfana de madre, me descorazoné. Ignoro por completo el arte de cuidar niños.

—Los seis primeros años John contrató una niñera profesional —dijo, asintiendo Sam Steever—. Ya sabe usted que la madre de Irma murió al dar a luz.

—Sí, estoy al corriente del caso —contestó miss Pall, en tono remilgado—. Naturalmente, una niña solitaria, abandonada, enternece el corazón de cualquiera. ¡Y aquella niña estaba tan terriblemente sola…! Ah, míster Steever, si usted la hubiera visto, refugiándose cabizbaja por los rincones de aquella casona tan antigua y fea…

—Sí, la vi, la vi —asintió prestamente Sam Steever con el deseo de evitar otro arranque—. Y sé cuánto ha hecho usted por Irma. Mi hermano es bastante irreflexivo, y hasta un poco egoísta, a veces. No comprende.

—Es cruel —declaró miss Pall con súbita vehemencia—. Cruel y perverso. Aunque sea su hermano, yo afirmo que no sirve para padre de ningún niño. Cuando yo llegué allí, la pequeña tenía los bracitos negros y morados de golpes. El padre solía coger un cinturón…

—Lo sé. A veces pienso que John no se ha recobrado nunca del choque que sufrió al morir su esposa. Por eso estuve tan contento cuando vino usted, querida dama. Pensé que lograría mejorar la situación.

—Lo intenté —gimoteó miss Pall—. Usted sabe que lo intenté. En dos años, nunca levanté la mano contra la niña, aunque su hermano me ha dicho muchísimas veces que la castigara. «Dele una paliza a la brujita —solía recomendarme—. Es lo único que le hace falta: una buena azotaina». Y entonces la pequeña se escondía detrás de mí y me pedía en un susurro que la protegiese. Pero no lloraba, míster Steever. ¿Sabe usted que nunca la he visto llorar?

Sam Steever se sentía vagamente irritado y un tanto aburrido. Deseaba que la madura clueca siguiera con su polluelo. Por ello sonrió y rezumó meladura.

—Pero ¿qué problema se le plantea, exactamente, querida señora?

—Cuando llegué, todo marchaba estupendamente. Nos aveníamos muy bien. Empecé a enseñar las primeras letras a Irma… y me llevé la sorpresa de ver que ya leía a la perfección.

Su hermano negó que él le hubiera enseñado; pero la niña se pasaba horas acurrucada en el sofá, con un libro en las manos. «Muy propio de ella —solía decir el padre—. Una brujita antinatural. No juega con las otras niñas. Es una brujita». Así se expresaba siempre, míster Steever. Como si la pequeña fuese una especie de… no sé qué. ¡Y en cambio, es tan dulce, sosegada y bonita!
»¿Tan raro es que leyese? Yo misma era como ella, de niña; porque…, pero no importa.
»De todos modos, tuve una sorpresa mayúscula el día que la vi manejar la Enciclopedia Británica. “¿Qué estás leyendo, Irma?”, le pregunté: Ella me lo enseñó. Era el artículo sobre brujería.
»¿Ve usted cuán mórbidos pensamientos ha inculcado su hermano en aquella pobre cabecita?
»Yo hice cuanto pude. Salí a comprarle juguetes. Ya sabe usted que no tenía ninguno en absoluto; ni una triste muñeca. ¡Ni siquiera sabía jugar! Probé de hacerle tomar afición a otras niñas de la vecindad; pero fue inútil. Las otras no la entendían a ella, y ella no comprendía a las otras. Hubo escenas desagradables. Los pequeños son crueles; no reflexionan. Y su padre no la dejaba asistir a la escuela pública. Tenía que instruirla yo…
«Entonces le traje la arcilla de escultor. Le gustó. Se pasaba horas haciendo caras de arcilla. Para una niña de seis años, Irma demostraba verdadero talento.
»Hacíamos muñecas y yo les cortaba y cosía vestidos. El primer año fue un año de dicha, míster Steever. Sobre todo durante los meses aquellos que su hermano pasó en América del Sur. Pero este año, a su regreso…, ¡no sabría ni comentarlo siquiera!

—Por favor —dijo Sam Steever—. Debe comprenderlo. John no es feliz. La pérdida de la esposa, el declive de su negocio de importación, y la bebida… Pero, en fin, usted ya está enterada de todo eso.

—De lo único que estoy enterada es de que odia a su hija —atajó viva y repentinamente miss Pall—. La odia. Quiere que sea mala; para poderla azotar. «Si usted no vapulea a esta brujita, lo haré yo», suele decir. Y entonces se la lleva arriba y le da con el cinturón… Debe usted hacer algo, míster Steever, si no quiere que acuda a las autoridades yo misma.

Y la loca chismosa lo haría, sin duda, pensó Sam Steever. Remedio: otra dosis de meladura.

—Pero ¿y en cuanto a Irma…? —insistió él.

—Oh, también ha cambiado. Desde que su padre ha regresado, este año. Ya no quiere jugar conmigo, y apenas me mira. Es como si yo la hubiera defraudado, míster Steever, al no protegerla de aquel hombre. Además…, ella misma se cree bruja.

Una locura. Una locura total, increíble. Sam Steever hizo crujir el sillón, al ponerse erguido.

—Ah, no es preciso que me mire así, míster Steever. Se lo dirá ella misma… ¡si va usted un día de visita a la casa!

El hombre percibió el tono de reproche de la voz de la gobernanta y quiso apaciguarla con un movimiento de cabeza conciliador.

—Me lo dijo con todas las letras —prosiguió miss Pall—. Si su padre quiere que sea bruja, lo será. Y no quiere jugar conmigo, ni con nadie, porque las brujas no juegan. Esta víspera de Todos los Santos pasada quería que le diese una escoba. ¡Ah, si no fuese tan trágico, sería divertido! Esa niña está perdiendo el juicio.

»Hace unas semanas, creí que había cambiado. Fue cuando me pidió, un domingo, que la llevase al templo. “Quiero ver el bautismo”, me dijo. Imagínese ¡una niña de ocho años interesada en bautismos! Lee demasiado; ahí está el mal.
»Pues bien, fuimos a la iglesia y estuvo tan dulce como ella sola sabe serlo con su vestidito azul nuevo, y cogida de mi mano. Yo estaba orgullosa de ella, míster Steever, realmente orgullosa.
»Pero después se encerró, una vez más, e inmediatamente, en su concha. Anda por la casa, leyendo, corre por el patio al atardecer y habla consigo misma.
»La causa quizá esté en que su hermano no quisiera traerle un gatito. Ella le importunaba pidiéndole un gato negro. Él le preguntó para qué lo quería, y ella respondió: “Porque las brujas siempre tienen un gato negro”. Entonces él se la llevó arriba.
»Yo no se lo puedo impedir, ya sabe usted. Volvió a pegarle la noche que nos quedamos sin electricidad y no supimos encontrar las velas. Él dijo que ella las había robado. ¡Imagínese, acusar a una niña de ocho años de robar velas!
«Aquello fue el principio del fin. Entonces hoy, cuando el padre ha encontrado a faltar el cepillo para el cabello…

—¿Dice usted que le pegaba con el cepillo para el cabello?

—Sí. Ella ha confesado que lo robó. Ha dicho que lo necesitaba para su muñeco.

—Pero ¿no ha dicho usted antes que no tiene muñecas ni muñecos?

—En efecto; pero se hizo uno. Al menos yo creo que se lo hizo. Nunca lo he visto… ya que nunca quiere enseñarnos nada; ni nos habla en la mesa. Es imposible gobernarla, simplemente.

»Aunque el muñeco ése que se hizo… es pequeño. Lo sé porque a veces lo lleva escondido bajo el brazo. Le habla y lo acaricia; pero no quiere enseñárnoslo, ni a mí ni a él.
Cuando él le preguntó por el cepillo del cabello, ella respondió que lo había cogido para el muñeco.
«Entonces su hermano se ha dejado arrastrar por una cólera terrible… ¡Se había pasado toda la mañana en la habitación empinando el codo de nuevo! Oh, no crea que no lo sé.
Pero ella se ha limitado a sonreír, y ha dicho que ahora ya podía volver a cogerlo. Y se ha ido a su mesita escritorio y se lo ha entregado. No lo había estropeado nada; me fijé en que el cepillo conservaba aún el cabello del padre.
»A pesar de lo cual, él se lo ha arrancado de la mano, y luego se ha puesto a golpearle los hombros con el cepillo, y le ha retorcido el brazo, y luego…
Miss Pall se acurrucó en la silla y extrajo unos tremendos y agitados sollozos del angosto pecho.
Sam Steever le dio unas palmaditas en el hombro, agitándose a su alrededor como un elefante sobre un canario herido.

—Eso es todo, míster Steever. He venido a verle, directamente. No quiero volver a la casa aquella ni para recoger mis cosas. No puedo soportarlo más… su manera de pegarle… y el ver cómo ella no lloraba, sino que únicamente se reía, y reía, y reía… A veces creo que, de verdad, es una bruja… que su padre la ha convertido en una bruja…

Sam Steever cogió el teléfono. El timbre había roto el alivio de silencio que quedara después de la precipitada marcha de miss Pall.

—Hola… ¿Eres tú, Sam?

Sam reconoció la voz de su hermano, algo maleada por la bebida.

—Sí, John.

—Supongo que la vieja murciélago ha ido corriendo a verte para dar rienda suelta a la lengua.

—Si te refieres a miss Pall, la he visto, en efecto.

—No le hagas caso. Yo te lo explicaré todo.

—¿Quieres que vaya a verte? Hace meses que no te visito.

—Pues enseguida no. Tengo hora con el médico esta tarde.

—¿Te encuentras mal?

—Me duele el brazo. Será reúma, o algo así. Me aplico un poco de diatermia. Pero mañana te llamaré y pondremos en claro todo ese enredo.

—De acuerdo.

Pero el día siguiente John Steever no llamó. Más o menos a la hora de cenar, Sam le llamó a él.
Cosa rara, respondió al teléfono Irma. Su vocecita delgada, estridente tenía un acento débil, en los oídos de Sam.

—Papá está arriba, durmiendo. Ha estado enfermo.

—Bueno, no le molestes. ¿De qué se trata? ¿Del brazo?

—De la espalda, ahora. Dentro de poco tendrá que volver al consultorio del médico.

—Dile que le llamaré mañana, pues. Eh…, ¿marcha bien todo, Irma? Quiero decir si no echas de menos a miss Pall.

—No. Me alegro de que se fuera. Es una tonta.

—Ah. Sí. Comprendo. Pero, si necesitas algo, telefonéame. Y espero que papá se restablezca.

—Sí. Yo también —respondió Irma. Y en seguida se puso a reír, y luego colgó.

La tarde siguiente, cuando John Steever telefoneó a Sam en la oficina de éste, no hubo risitas. Tenía la voz sobria, con la sobriedad aguda del dolor.

—Sam…, por el amor de Dios, ven. ¡A mí me pasa algo!

—¿Qué hay?

—Este dolor… ¡me está matando! Tengo que verte, pronto.

—Me espera un cliente en el despacho; pero me desembarazaré de él. Oye, espera un minuto. ¿Por qué no llamas al médico?

—Ese curandero no puede ayudarme. Me recetó diatermia para el brazo y ayer me la recetó para la espalda.

—¿No te remedió?

—El dolor desapareció, sí. Pero se ha renovado. Me siento… como aplastado. Tengo una opresión aquí, en el pecho. No puedo respirar.

—Por lo que dices, parece una pleuresía. ¿Por qué no lo llamas?

—No es pleuresía. Me examinó ya. Me dijo que estaba más sano que un dólar nuevo.

No, orgánicamente no tengo nada anormal. Pero no pude explicarle la verdadera causa.

—¿La verdadera causa?

—Sí. Los alfileres. El alfiler que ese pequeño demonio está clavando en el muñeco que se hizo. En el brazo, en la espalda. Ahora me tiene cogido. No puedo bajar a impedírselo y apoderarme del muñeco. Y nadie más lo creería. Pero es el muñeco, no cabe duda; el que se hizo con cera y con el cabello de mi cepillo. Oh…, al hablar, sufro… ¡Ah, la brujita del diablo!
Corre, Sam. Prométeme que harás algo…, lo que sea…, que le quitarás el muñeco…, que te apoderarás del muñeco…

Media hora después, a las cuatro y treinta, Sam Steever entraba en casa de su hermano.
Irma le abrió la puerta.
Sam tuvo un sobresalto al verla plantada allí, risueña e imperturbable, con el cabello rubio pálido peinado inmaculadamente para atrás, dejando al descubierto el rosado óvalo de la cara. Parecía una muñequita, exactamente. Una muñequita…

—Hola, tío Sam.

—Hola, Irma. Tu papá me ha telefoneado, ¿no te lo ha dicho? Decía que no se encontraba muy bien…

—Ya lo sé. Pero ahora está perfectamente. Duerme.

Algo le sucedió a Sam Steever; una gota de agua glacial le bajó por el espinazo.

—¿Duerme? —repitió con voz ronca—. ¿Arriba?

Y antes de que la niña hubiese abierto la boca, subía los escalones a saltos hasta el segundo piso y recorría el pasillo a grandes zancadas, hasta el cuarto de John.
John yacía en la cama. Estaba dormido; solamente dormido. Sam Steever notaba el subir y bajar acompasado del pecho al respirar. Tenía la faz tranquila, sosegada.
Entonces la gota de agua fría se evaporó, y Sam tuvo fuerzas para murmurar:

—Tonterías —entre dientes, al mismo tiempo que se volvía.

Mientras bajaba, improvisaba planes apresuradamente. Unas vacaciones de seis meses, para su hermano… Se abstendrían de llamarlo una cura… Un orfanato para Irma; le darían ocasión de alejarse de aquella morbosa casona antigua, de tantos y tantos libros…
A mitad de las escaleras, se detuvo. Mirando por encima de la barandilla, vio a Irma en el sofá, acurrucadita como una bolita blanca. Hablaba a una cosa que tenía acunada en los brazos y que iba meciendo con el movimiento del cuerpo.
De modo que la muñeca (o el muñeco) existían, después de todo.
Sam Steever bajó de puntillas, silenciosamente y se acercó a Irma.

—Hola —dijo.

La niña dio un salto y levantó ambos brazos para cubrir por completo lo que fuere que estuviera mimando, y que ahora estrechaba contra sí.
A Sam Steever se le ocurrió la idea de una muñeca apretada por el pecho…
Irma levantaba los ojos hacia él, convertida en una máscara de inocencia. En aquella media luz, su cara parecía realmente una máscara. La máscara de una niña que escondía…, ¿qué?

—Papá está mejor ahora, ¿verdad que sí? —balbució Irma.

—Sí, mucho mejor.

—Yo sabía que lo estaría.

—Pero me temo que tendrá que marcharse a gozar de un descanso. Un descanso muy largo.

Una sonrisa se filtró a través de la máscara.

—Perfecto —dijo la niña.

—Naturalmente —continuó Sam—, tú no podrías quedarte sola aquí. Me estaba preguntando…, quizá podríamos enviarte a una escuela, o a una especie de hogar de…

Irma se puso a reír.

—Ah, no debe preocuparse por mí —replicó. Y dejó sitio en el sofá mientras Sam se sentaba; pero en seguida se levantó de un salto, al verle acercarse a ella.

Con el movimiento, los brazos de Irma se apartaron algo del cuerpo, y Sam Steever vio un par de piernecitas delgadas colgando bajo el codo. Eran unas piernas vestidas con pantalones y que lucían unos trocitos de cuero por zapatos.

—¿Qué tienes ahí, Irma? —preguntó Sam—. ¿Es un muñeco?

Y pausadamente extendió la regordeta mano. Irma retrocedió.

—No puede verlo —dijo.

—Pues yo quiero verlo. Miss Pall me dijo que haces unos muñecos preciosos.

—Miss Pall es tonta. Y usted también. Váyase.

—Por favor, Irma. Déjame verlo.

Pero mientras estaba hablando, Sam Steever contemplaba ya la parte superior del muñeco, que quedó un momento al descubierto, al retroceder Irma. Era una cabeza perfecta, con mechones de cabello sobre una cara blanca. El crepúsculo disimulaba la fisonomía, pero a pesar de todo Sam reconoció los ojos, la nariz, la barbilla…
Y no pudo continuar fingiendo.

—¡Dame ese muñeco, Irma! —ordenó secamente—. Sé qué es. Sé quién es…

Por un instante, la máscara desapareció de la faz de Irma, y Sam tuvo ante su mirada la imagen del miedo descarnado.
La niña lo sabía. Sabía que él lo sabía.
Pero en seguida, con la misma presteza, la máscara volvió a su sitio.
Irma volvía a ser ni más ni menos que una chiquilla dulce, mimada y terca mientras movía la cabeza alegremente y le miraba con malicia de picaruela.

—¡Oh, tío Sam! —exclamó riendo—. ¡Qué tonto es usted! ¡Si esto no es ni siquiera un muñeco de verdad…!

—¿Qué es, entonces? —murmuró él. Irma se rio de nuevo, levantando la figura mientras contestaba:

—Pues… ¡es caramelo, únicamente!

—¿Caramelo?

Irma hizo un gesto afirmativo. Luego, con gesto rápido, se metió la cabecita de la imagen en la boca.
Y la cortó de un mordisco.
Arriba sonó un solo grito, desgarrador.
Mientras Sam Steever se volvía y subía las escaleras corriendo, la pequeña Irma, todavía mascando gravemente, salió por la puerta principal y se hundió en la noche.


FIN

------------

Origen textos (Consulta 1/08/24)

El relato en inglés se puede leer online en la revista Weird Tales digitalizada:



------------


Este relato, junto a la novela "Otra vuelta de tuerca" sirvió de guion de "El muñeco", capítulo de la serie Historias para no dormir (1966) de Narciso Ibáñez Serrador.

El muñeco

Emisión: 1/04/1966
Basado en la novela "The turn of the screw" (1898) de Henry James y del relato "Sweets to the sweet" (1947) de Robert Bloch



Una institutriz abandona su trabajo porque considera que el padre maltrata a la niña que ella cuida. El tío de la niña va de visita a la mansión. El padre cuenta que la niña hace brujerías y puede hablar con la anterior institutriz, que lleva tres años muerta...

 
Maravilloso crossover entre la genial novela de fantasmas de Henry James (una institutriz aterrada porque los niños hablan con fantasmas) y el relato de Robert Bloch (un padre alcohólico maltrata a su solitaria y angelical hija a la que él considera una bruja).

La mansión victoriana, el lúgubre desván, la institutriz, los niños, los aparecidos fantasmales, los pasillos en sombras y los candelabros. No falta nada. 😀

"El muñeco", moldeado con cera y cabello humano, es una figura de vudú que la niña usa para vengarse de su padre por meterse en sus cosas. Quizás el vudú no sea propio del terror gótico victoriano... 😏
 
Los niños de la historias originales son mucho más pequeños. Teresa Hurtado (la niña en el episodio) tenía 17 años. Años después, junto a sus hermanas, se volverían muy populares por sus participación en el "Un, dos, tres..." de Chicho.  

La melodía central del episodio ('O Willow Waly') es la misma de la película ¡Suspense! (The innocents; 1960) dirigida por Jack Clayton, la adaptación de la novela de Henry James.

 
👉 Leer más sobre Historias para no dormir

martes, 13 de agosto de 2024

Relato "La verdad sobre el caso del señor Valdemar" de Edgar Allan Poe

The Facts in the Case of M. Valdemar (1845)


Edgar Allan Poe


Otros títulos en castellano:
El extraño caso del señor Valdemar
Los hechos en el caso del señor Valdemar

Relato completo (inglés / castellano)

The Facts in the case of M. Valdemar


 Of course I shall not pretend to consider it any matter for wonder, that the extraordinary case of M. Valdemar has excited discussion. It would have been a miracle had it not—especially under the circumstances. Through the desire of all parties concerned, to keep the affair from the public, at least for the present, or until we had farther opportunities for investigation—through our endeavors to effect this—a garbled or exaggerated account made its way into society, and became the source of many unpleasant misrepresentations; and, very naturally, of a great deal of disbelief.

It is now rendered necessary that I give the facts—as far as I comprehend them myself. They are, succinctly, these:

My attention, for the last three years, had been repeatedly drawn to the subject of Mesmerism; and, about nine months ago it occurred to me, quite suddenly, that in the series of experiments made hitherto, there had been a very remarkable and most unaccountable omission:—no person had as yet been mesmerized in articulo mortis. It remained to be seen, first, whether, in such condition, there existed in the patient any susceptibility to the magnetic influence; secondly, whether, if any existed, it was impaired or increased by the condition; thirdly, to what extent, or for how long a period, the encroachments of Death might be arrested by the process. There were other points to be ascertained, but these most excited my curiosity—the last in especial, from the immensely important character of its consequences.

In looking around me for some subject by whose means I might test these particulars, I was brought to think of my friend, M. Ernest Valdemar, the well-known compiler of the “Bibliotheca Forensica,” and author (under the nom de plume of Issachar Marx) of the Polish versions of “Wallenstein” and “Gargantua.” M. Valdemar, who has resided principally at Harlem, N.Y., since the year 1839, is (or was) particularly noticeable for the extreme spareness of his person—his lower limbs much resembling those of John Randolph; and, also, for the whiteness of his whiskers, in violent contrast to the blackness of his hair—the latter, in consequence, being very generally mistaken for a wig. His temperament was markedly nervous, and rendered him a good subject for mesmeric experiment. On two or three occasions I had put him to sleep with little difficulty, but was disappointed in other results which his peculiar constitution had naturally led me to anticipate. His will was at no period positively, or thoroughly, under my control, and in regard to clairvoyance, I could accomplish with him nothing to be relied upon. I always attributed my failure at these points to the disordered state of his health. For some months previous to my becoming acquainted with him, his physicians had declared him in a confirmed phthisis. It was his custom, indeed, to speak calmly of his approaching dissolution, as of a matter neither to be avoided nor regretted.

When the ideas to which I have alluded first occurred to me, it was of course very natural that I should think of M. Valdemar. I knew the steady philosophy of the man too well to apprehend any scruples from him; and he had no relatives in America who would be likely to interfere. I spoke to him frankly upon the subject; and, to my surprise, his interest seemed vividly excited. I say to my surprise, for, although he had always yielded his person freely to my experiments, he had never before given me any tokens of sympathy with what I did. His disease was of that character which would admit of exact calculation in respect to the epoch of its termination in death; and it was finally arranged between us that he would send for me about twenty-four hours before the period announced by his physicians as that of his decease.

It is now rather more than seven months since I received, from M. Valdemar himself, the subjoined note:

MY DEAR P——,

You may as well come now. D—— and F—— are agreed that I cannot hold out beyond to-morrow midnight; and I think they have hit the time very nearly.

VALDEMAR

I received this note within half an hour after it was written, and in fifteen minutes more I was in the dying man’s chamber. I had not seen him for ten days, and was appalled by the fearful alteration which the brief interval had wrought in him. His face wore a leaden hue; the eyes were utterly lustreless; and the emaciation was so extreme that the skin had been broken through by the cheek-bones. His expectoration was excessive. The pulse was barely perceptible. He retained, nevertheless, in a very remarkable manner, both his mental power and a certain degree of physical strength. He spoke with distinctness—took some palliative medicines without aid—and, when I entered the room, was occupied in penciling memoranda in a pocket-book. He was propped up in the bed by pillows. Doctors D—— and F—— were in attendance.

After pressing Valdemar’s hand, I took these gentlemen aside, and obtained from them a minute account of the patient’s condition. The left lung had been for eighteen months in a semi-osseous or cartilaginous state, and was, of course, entirely useless for all purposes of vitality. The right, in its upper portion, was also partially, if not thoroughly, ossified, while the lower region was merely a mass of purulent tubercles, running one into another. Several extensive perforations existed; and, at one point, permanent adhesion to the ribs had taken place. These appearances in the right lobe were of comparatively recent date. The ossification had proceeded with very unusual rapidity; no sign of it had been discovered a month before, and the adhesion had only been observed during the three previous days. Independently of the phthisis, the patient was suspected of aneurism of the aorta; but on this point the osseous symptoms rendered an exact diagnosis impossible. It was the opinion of both physicians that M. Valdemar would die about midnight on the morrow (Sunday). It was then seven o’clock on Saturday evening.

On quitting the invalid’s bed-side to hold conversation with myself, Doctors D—— and F—— had bidden him a final farewell. It had not been their intention to return; but, at my request, they agreed to look in upon the patient about ten the next night.

When they had gone, I spoke freely with M. Valdemar on the subject of his approaching dissolution, as well as, more particularly, of the experiment proposed. He still professed himself quite willing and even anxious to have it made, and urged me to commence it at once. A male and a female nurse were in attendance; but I did not feel myself altogether at liberty to engage in a task of this character with no more reliable witnesses than these people, in case of sudden accident, might prove. I therefore postponed operations until about eight the next night, when the arrival of a medical student with whom I had some acquaintance, (Mr. Theodore L—l,) relieved me from farther embarrassment. It had been my design, originally, to wait for the physicians; but I was induced to proceed, first, by the urgent entreaties of M. Valdemar, and secondly, by my conviction that I had not a moment to lose, as he was evidently sinking fast.

Mr. L—l was so kind as to accede to my desire that he would take notes of all that occurred, and it is from his memoranda that what I now have to relate is, for the most part, either condensed or copied verbatim.

It wanted about five minutes of eight when, taking the patient’s hand, I begged him to state, as distinctly as he could, to Mr. L—l, whether he (M. Valdemar) was entirely willing that I should make the experiment of mesmerizing him in his then condition.

He replied feebly, yet quite audibly, “Yes, I wish to be. I fear you have mesmerized”—adding immediately afterwards: “I fear you have deferred it too long.”

While he spoke thus, I commenced the passes which I had already found most effectual in subduing him. He was evidently influenced with the first lateral stroke of my hand across his forehead; but although I exerted all my powers, no further perceptible effect was induced until some minutes after ten o’clock, when Doctors D—— and F—— called, according to appointment. I explained to them, in a few words, what I designed, and as they opposed no objection, saying that the patient was already in the death agony, I proceeded without hesitation—exchanging, however, the lateral passes for downward ones, and directing my gaze entirely into the right eye of the sufferer.

By this time his pulse was imperceptible and his breathing was stertorous, and at intervals of half a minute.

This condition was nearly unaltered for a quarter of an hour. At the expiration of this period, however, a natural although a very deep sigh escaped the bosom of the dying man, and the stertorous breathing ceased—that is to say, its stertorousness was no longer apparent; the intervals were undiminished. The patient’s extremities were of an icy coldness.

At five minutes before eleven I perceived unequivocal signs of the mesmeric influence. The glassy roll of the eye was changed for that expression of uneasy inward examination which is never seen except in cases of sleep-waking, and which it is quite impossible to mistake. With a few rapid lateral passes I made the lids quiver, as in incipient sleep, and with a few more I closed them altogether. I was not satisfied, however, with this, but continued the manipulations vigorously, and with the fullest exertion of the will, until I had completely stiffened the limbs of the slumberer, after placing them in a seemingly easy position. The legs were at full length; the arms were nearly so, and reposed on the bed at a moderate distance from the loin. The head was very slightly elevated.

When I had accomplished this, it was fully midnight, and I requested the gentlemen present to examine M. Valdemar’s condition. After a few experiments, they admitted him to be an unusually perfect state of mesmeric trance. The curiosity of both the physicians was greatly excited. Dr. D—— resolved at once to remain with the patient all night, while Dr. F—— took leave with a promise to return at daybreak. Mr. L—l and the nurses remained.

We left M. Valdemar entirely undisturbed until about three o’clock in the morning, when I approached him and found him in precisely the same condition as when Dr. F—— went away—that is to say, he lay in the same position; the pulse was imperceptible; the breathing was gentle (scarcely noticeable, unless through the application of a mirror to the lips); the eyes were closed naturally; and the limbs were as rigid and as cold as marble. Still, the general appearance was certainly not that of death.

As I approached M. Valdemar I made a kind of half effort to influence his right arm into pursuit of my own, as I passed the latter gently to and fro above his person. In such experiments with this patient, I had never perfectly succeeded before, and assuredly I had little thought of succeeding now; but to my astonishment, his arm very readily, although feebly, followed every direction I assigned it with mine. I determined to hazard a few words of conversation.

“M. Valdemar,” I said, “are you asleep?” He made no answer, but I perceived a tremor about the lips, and was thus induced to repeat the question, again and again. At its third repetition, his whole frame was agitated by a very slight shivering; the eyelids unclosed themselves so far as to display a white line of the ball; the lips moved sluggishly, and from between them, in a barely audible whisper, issued the words:

“Yes;—asleep now. Do not wake me!—let me die so!”

I here felt the limbs and found them as rigid as ever. The right arm, as before, obeyed the direction of my hand. I questioned the sleep-waker again:

“Do you still feel pain in the breast, M. Valdemar?”

The answer now was immediate, but even less audible than before:

“No pain—I am dying.”

I did not think it advisable to disturb him farther just then, and nothing more was said or done until the arrival of Dr. F——, who came a little before sunrise, and expressed unbounded astonishment at finding the patient still alive. After feeling the pulse and applying a mirror to the lips, he requested me to speak to the sleep-waker again. I did so, saying:

“M. Valdemar, do you still sleep?”

As before, some minutes elapsed ere a reply was made; and during the interval the dying man seemed to be collecting his energies to speak. At my fourth repetition of the question, he said very faintly, almost inaudibly:

“Yes; still asleep—dying.”

It was now the opinion, or rather the wish, of the physicians, that M. Valdemar should be suffered to remain undisturbed in his present apparently tranquil condition, until death should supervene—and this, it was generally agreed, must now take place within a few minutes. I concluded, however, to speak to him once more, and merely repeated my previous question.

While I spoke, there came a marked change over the countenance of the sleep-waker. The eyes rolled themselves slowly open, the pupils disappearing upwardly; the skin generally assumed a cadaverous hue, resembling not so much parchment as white paper; and the circular hectic spots which, hitherto, had been strongly defined in the centre of each cheek, went out at once. I use this expression, because the suddenness of their departure put me in mind of nothing so much as the extinguishment of a candle by a puff of the breath. The upper lip, at the same time, writhed itself away from the teeth, which it had previously covered completely; while the lower jaw fell with an audible jerk, leaving the mouth widely extended, and disclosing in full view the swollen and blackened tongue. I presume that no member of the party then present had been unaccustomed to death-bed horrors; but so hideous beyond conception was the appearance of M. Valdemar at this moment, that there was a general shrinking back from the region of the bed.

I now feel that I have reached a point of this narrative at which every reader will be startled into positive disbelief. It is my business, however, simply to proceed.

There was no longer the faintest sign of vitality in M. Valdemar; and concluding him to be dead, we were consigning him to the charge of the nurses, when a strong vibratory motion was observable in the tongue. This continued for perhaps a minute. At the expiration of this period, there issued from the distended and motionless jaws a voice—such as it would be madness in me to attempt describing. There are, indeed, two or three epithets which might be considered as applicable to it in part; I might say, for example, that the sound was harsh, and broken and hollow; but the hideous whole is indescribable, for the simple reason that no similar sounds have ever jarred upon the ear of humanity. There were two particulars, nevertheless, which I thought then, and still think, might fairly be stated as characteristic of the intonation—as well adapted to convey some idea of its unearthly peculiarity. In the first place, the voice seemed to reach our ears—at least mine—from a vast distance, or from some deep cavern within the earth. In the second place, it impressed me (I fear, indeed, that it will be impossible to make myself comprehended) as gelatinous or glutinous matters impress the sense of touch.

I have spoken both of “sound” and of “voice.” I mean to say that the sound was one of distinct—of even wonderfully, thrillingly distinct—syllabification. M. Valdemar spoke—obviously in reply to the question I had propounded to him a few minutes before. I had asked him, it will be remembered, if he still slept. He now said:

“Yes;—no;—I have been sleeping—and now—now—I am dead.”

No person present even affected to deny, or attempted to repress, the unutterable, shuddering horror which these few words, thus uttered, were so well calculated to convey. Mr. L—l (the student) swooned. The nurses immediately left the chamber, and could not be induced to return. My own impressions I would not pretend to render intelligible to the reader. For nearly an hour, we busied ourselves, silently—without the utterance of a word—in endeavors to revive Mr. L—l. When he came to himself, we addressed ourselves again to an investigation of M. Valdemar’s condition.

It remained in all respects as I have last described it, with the exception that the mirror no longer afforded evidence of respiration. An attempt to draw blood from the arm failed. I should mention, too, that this limb was no farther subject to my will. I endeavored in vain to make it follow the direction of my hand. The only real indication, indeed, of the mesmeric influence, was now found in the vibratory movement of the tongue, whenever I addressed M. Valdemar a question. He seemed to be making an effort to reply, but had no longer sufficient volition. To queries put to him by any other person than myself he seemed utterly insensible—although I endeavored to place each member of the company in mesmeric rapport with him. I believe that I have now related all that is necessary to an understanding of the sleep-waker’s state at this epoch. Other nurses were procured; and at ten o’clock I left the house in company with the two physicians and Mr. L—l.

In the afternoon we all called again to see the patient. His condition remained precisely the same. We had now some discussion as to the propriety and feasibility of awakening him; but we had little difficulty in agreeing that no good purpose would be served by so doing. It was evident that, so far, death (or what is usually termed death) had been arrested by the mesmeric process. It seemed clear to us all that to awaken M. Valdemar would be merely to insure his instant, or at least his speedy, dissolution.

From this period until the close of last week—an interval of nearly seven months—we continued to make daily calls at M. Valdemar’s house, accompanied, now and then, by medical and other friends. All this time the sleeper-waker remained exactly as I have last described him. The nurses’ attentions were continual.

It was on Friday last that we finally resolved to make the experiment of awakening, or attempting to awaken him; and it is the (perhaps) unfortunate result of this latter experiment which has given rise to so much discussion in private circles—to so much of what I cannot help thinking unwarranted popular feeling.

For the purpose of relieving M. Valdemar from the mesmeric trance, I made use of the customary passes. These, for a time, were unsuccessful. The first indication of revival was afforded by a partial descent of the iris. It was observed, as especially remarkable, that this lowering of the pupil was accompanied by the profuse out-flowing of a yellowish ichor (from beneath the lids) of a pungent and highly offensive odor.

It was now suggested that I should attempt to influence the patient’s arm, as heretofore. I made the attempt and failed. Dr. F—— then intimated a desire to have me put a question. I did so, as follows:

“M. Valdemar, can you explain to us what are your feelings or wishes now?”

There was an instant return of the hectic circles on the cheeks; the tongue quivered, or rather rolled violently in the mouth (although the jaws and lips remained rigid as before), and at length the same hideous voice which I have already described, broke forth:

“For God’s sake!—quick!—quick!—put me to sleep—or, quick!—waken me!—quick!—I say to you that I am dead!”

I was thoroughly unnerved, and for an instant remained undecided what to do. At first I made an endeavor to recompose the patient; but, failing in this through total abeyance of the will, I retraced my steps and as earnestly struggled to awaken him. In this attempt I soon saw that I should be successful—or at least I soon fancied that my success would be complete—and I am sure that all in the room were prepared to see the patient awaken.

For what really occurred, however, it is quite impossible that any human being could have been prepared.

As I rapidly made the mesmeric passes, amid ejaculations of “dead! dead!” absolutely bursting from the tongue and not from the lips of the sufferer, his whole frame at once—within the space of a single minute, or even less, shrunk—crumbled—absolutely rotted away beneath my hands. Upon the bed, before that whole company, there lay a nearly liquid mass of loathsome—of detestable putrescence.


THE END 

-----------

LA VERDAD SOBRE EL CASO DEL SEÑOR VALDEMAR 

Como es consiguiente, no pretendo que haya motivo de admirarse de que el extraordinario caso de Mr. Val­demar excitara discusión. Habría podido ser un mila­gro sino huhiera estado bajo circunstancias especiales. Á pesar del deseo que tenían todas las partes interesa­das en ocultar el cuento al público, al menos por el momento, ó hasta que tuviéramos ulteriores oportuni­dades de investigación — á pesar de nuestros esfuerzos para conseguir esto — una relación incompleta y exa.gerada, circuló entre la sociedad y se convirtió en la fuente de muchas inexactitudes desagradahles, y muy naturalmente, de una gran incredulidad.

Se ha hecho necesarío, pues, que yo relate los hechos — hasta donde los comprendo yo mismo. Helos aquí, sucintamente:

Durante los últimos tres años, mi atención había sido atraída repetidas veces por el mesmerismo; y hace cerca de nueve meses, me ocurrió, repentinamente, que en la serie de los experimentos hechos hasta entonces, había habido una omisión muy notable y muy dificil de explicar: nadie había sido magnetizado aún in articulo mortis. Faltaba ver, primero, si en tal condición, existia en el paciente alguna susceptibilidad á la influencia magnética; segundo, si esa condición diminuía ó au­mentaba la susceptibilidad; tercero, la extensión del período por el que las vejaciones de la Muerte podían ser detenidas por este proceso. Había otros puntos á constatar, pero esos excitaban más mi curiosidad — el último especialmente, por el carácter importantísimo de su consecuencias.

Buscando alguien por cuyo medio pudiera experi­mentar esos particularidades, fui llevado á pensar en mi amigo Mr. Ernesto Valdemar, el bien conocido compilador de la Biblioteca Forénsica y autor (bajo el seudónimo de Isaachar Marx) de las versiones polacas de Wallenstein y Gargantúa. Mr. Valdemar, que había residido principalmente en Harlen, New-York, desde el año 1839 es (ó era) muy digno de atención por la extrema flacura de su persona — pareciéndose mucho sus miem­bros inferiores á los de John Raudolph; y también por lo blanco de sus patillas, en violento contraste con lo negro de su cabello — circunstancia que hacia creer á todo el mundo, que usaba peluca. Su temperamento era excesivamente nervioso y le convertía en un buen sujeto para los experimentos mesméricos. En dos ó tres ocasiones, le había hecho yo dormir con poca difi­cultad, pero fui contrariado por otros resultados que su constitución peculiar me habia permitido anticipar, naturalmente. Su voluntad, no se hallaba nunca por completo bajo lo mía, y respecto á la clarovidencia, no pude obtener de él pruebas dignas de fe. Siempre atribuí mi poco éxito en ese punto, al desordenado estado de su salud. Pocos meses antes de conocerle yo, los médicos le habían declarado tísico. Era su cos­tumbre, es cierto, hablar de su próxima disolución, como de una cosa que no se debia esquivar ni sentir.

Cuando me ocurrieron las ideas de que acabo de hablar, era por consiguiente muy natural que hubiera pensado en Mr. Valdemar. Conocía la filosofía sólida del hombre, lo suficiente para no recelar escrúpulos de él; y no tenía ningun dendo en América que se opu­siera á mi pretensión. Le hablé con franqueza de mi proyecto; y, con gran sorpresa vi que su interés parecía vivamente excitado. Digo con gran sorpresa; porque, aunque había sometido siempre su persona á mis experi­mentos, sin ninguna vacilación, no me había dado nunca un testimonio de simpatía por esa clase de investiga­ciones. Su enfermedad era de ese carácter que puede admitir un exacto cálculo respecto á la época de su ter­minación por la muerte; y fué por último, arreglado entre nosotros, que me enviaría á buscar, veinti y cuatro horas antes del período anunciado por los médi­cos, como el de su fallecimiento.

Hace ahora más de siete meses que recibí de Mr. Valdemar mismo la siguiente esquela:

«Mi querido P***

Podéis venir ya. D*** y F*** están contestes en que
no duraré más que hasta los doce de la noche de
mañana; y creo que han calculado perfectamente.
Valdemar.»
Recibí esta esquela media hora después de haber sido escrita, y quince minutos más tarde estaba en la habitación del moribundo. No le había visto hacía diez días, y quedé consternado por la horrorosa alteración que tan breve intervalo habia producido en él. Su rostro tenía un color aplomado; los ojos absolumente sin brillo; y el enflaquecimiento era tan extremo, que el cutis se habia rajado en los pómulos. Su expectoración era excesiva. El pulso, perceptible apenas. Conservaba, sin embargo, de una manera notable, su aptitud mental y un cierto grado de fuerza fisica. Hablaba distintamente — tomó algunas medicinas paliativas sin que le ayudaran — y, cuando entré al cuarto, estaba ocupado en escribir con lapiz, en el memorándum de una cartera. Estaba sostenido por almohadas en el lecho. Los doctores D*** y F*** le cuidaban. Después de estrechar la mano de Valdemar, tomé aparte á esos caballeros, y obtuve de ellos una relación minuciosa del estado del paciente. El pulmón izquierdo habia permanecido durante ocho meses en un estædo semióseo ó cartilaginoso, de manera que se hallaba inútil para proporcionar vitalidad. El derecho, en su porción superior, estaba también parcialmente, sino del todo, osificado, mientras que la región inferior era una masa de tubérculos purulentos, con comunicación entre si. Varias y extensas perforaciones existían; y en un punto se habían localizado permanentemente en las costillas. La presencia de estos fenómenos en el lóbulo derecho era de fecha reciente, en comparación. La osificación había procedido con una rapidez inhabitual: ningún síntoma habia sido đescubierto hasta um mes antes, y las perforaciones habían sido observadas hacía tres días recien. Independientemente de la tisis, se sospechaba que el enfermo tuviera un aneurisma en la aurta; pero aeerca de este punto los síntomas oseosos hacían imposible un diagnóstico exacto. Era la opinión de los dos médicos, que Mr. Valdemar moriría á las doce de la noche del día siguiente, poco más ó menos. Eran entonces las siete de la tarde. Día sábado.

Al separarse del lado del paciente, para conversar conmigo, los Dres. D*** y F***, le habían dado el último adiós. Su intención era no volver más; pero á mí pedido, convinieron en examinarlo de nuevo á las diez de la noche del domingo.

Cuando se hubieron marchado, hablé libremente con Mr. Valdemar respecto á su próxima disolución, así como sobre el experimento propuesto, aunque con más especialidad. Profesaba aún un gran deseo — hasta un ansioso deseo — de llevarlo á cabo, y me exhortó á que lo comenzara de una vez. Dos enfermeros, una mujer y un hombre, había en la casa para cuidarlo; pero no me sentí con la confianza necesaria para empeñarme en una tarea de ese caracter, sin que más testigos que ellos, pudieran declarar en caso de un accidente repen­tino. Diferí pues la operación hasta cerca de las ocho de la noche siguiente, cuando la llegada de un estudiante de medicina (Mr. Teodore L***) con quien tenía alguna relación, me hubo libertado de los últimos escrúpulos. Había pensado, primeramente, esperar á los médicos: pero fui inducido á proceder por las repetidas instancias de Mr. Valdemar, y por mi con­vicción de que no había un momento que perder, pues se moría rápidamente.

Mr. L*** fué tan amable· que accedió á mi deseo de que tomara razón de lo que ocurriera; y es en su memorándum donde se encuentra lo que tengo que decir todavía. Casi todo se halla en él, condensado ó copiado verbatim.

Faltaban cinco ó diez minutos para las ocho, cuando tomando las manos del paciente, le supliqué que declarara, tan claramente como le fuera posible al señor L***, si él (Mr. Valdemar) estaba conforme y quería que hiciera yo el experimento del mesmerismo en su per­sona.

Replicó débilmente, pero de una manera inteligible:

— Sí, quiero ser magnetizado.—Añadiendo en el acto: Temo mucho que no hayáis diferido el acto, demasiado.

Mientras hablaba así, comencé los pases que había encontrado antes más eficaces para adormecerlo. Fué evidentemente influenciado por el primer rozamiento lateral de mi mano sobre su frente; pero aunque puse en juego todos los elementos conocidos, ningún otro efecto perceptible fué producido hasta algunos minutos después de la diez de la noche, hora en que llegaron los Dres. D*** y F***, de acuerdo con lo convenido. Les expliqué, en pocas palabras, cuál era mi intento, y como no opusieron objeción alguna, manifestando que el enfermo estaba ya en la última agonía, procedí sin vacilación — cambiando, sin embargo, los pases laterales por perpendiculares, y dirigiendo toda mi aten­ción sobre el ojo derecho del paciente.

En esos momentos su pulso era imperceptible y su respiración estertórea, y con intervalos de medio minuto.

Permaneció así cerca de un cuarto de hora. Al finalizar ese periodo, un suspiro natural aunque muy pro­fundo, se escapó de su pecho y la respiración estertórea cesó, es decir, el estertor no fué ya apreciable; los intervalos no disminuyeron. Las extremidades del moribundo estaban frías como el hielo.

Cinco minutos antes de las once percibí síntomas inequívocos de la influencia magnética. Los ojos quegiraban antes como globos de vidrio, adquirieron esa expresión de inquieto é interior examen que se ve úni­camente en caso de sonambulismo y que no se puede equivocar con ninguna otra. Con varios pases laterales y rápidos, sumí los temblorosos párpados en un sueño incipiente, y con otros cuantos más los hice cerrar del todo. No estando satisfecho, sin embargo, con esto, continué las manipulaciones vigorosamente, empleando· toda mi voluntad, hasta que hube endurecido por com­pleto los miembros del durmiente, después de haberlos colocado en una posición al parecer cómoda. Las piernas estaban estiradas en toda su longitud; los brazos casi lo mismo, y reposando en el lecho, á una distancia conveniente del cuerpo. La cabeza se hallaba ligeramente elevada.

Cuando hube hecho esto, eran ya las doce de la noche, y pedí á los caballeros presentes que estimaran el estado de Mr. Valdemar. Después de algunos expe­rimentos, admitieron que se hallaba en un estado, inha­bitualmente perfecto, de catalepsia magnética. La cu­riosidad de los dos médicos estaba excitada al más alto· grado. El Dr. D*** resolvió por fin, permanecer con nosotros toda la noche, mientras el Dr. F*** se retiró, prometiendo volver á la madrugada. Mr. L*** y los enfermeros se quedaron.

Dejamos á. M. Valdemar completamente tranquilo hasta cerca de las tres de la mañana, que nos aproximamos á su lecho y le encontramos en el mismo estado que cuando se retiró el Dr. F***, es decir, en la misma posición. El pulso era imperceptible; la respiración débil (apenas notable, excepto aplicándole un espejo á los labios); los ojos estaban cerrados naturalmente; y los miembros tan rigidos y tan frios como el mármol. En general, su apariencia no era la de un cadáver.

Al aproximarme á Mr. Valdemar hice ana especie de semi-esfuerzo para influenciar su brazo derecho, á fin de que siguiera la dirección del mío, que pasaba por su cuerpo en todos sentidos. Experimentos de esa naturaleza no habian tenido nunca buen resultado con el paciente, y á la verdad, tenía muy poca esperanza de conseguirlo entonces; pero con gran asombro, su brazo siguió fácil aunque débilmente, las direcciones que le señalaba con el mío. Determiné aventurar algunas preguntas.

— Mr. Valdemar, dije, ¿estáis dormido?

No replicó nada, pero percibi un temblor sobre sus labios, é inducido por él, repetí mis palabras dos veces más. Á esta tercera repetición, todo su cucrpo se agitó con un estremecimiento debilisimo; los párpados se abrieron por sí mismos de tal manera que mostraron hasta la niña del ojo; los labios se movieron con lentitud, y á través de ellos, en un murmullo apenas perceptible, se escaparon las palabras:

— Si; — dormido ahora, ¡No me despertéis dejadme morir así!

Le toqué los labios y los encontré más rígidos que nunca. El brazo derecho, como antes, obedecia la dirección de mi mano. Pregunté al sonámbulo:

— ¿Sentis aún dolor en el corazón, Mr. Valdemar?

La respuesta fué inmediata pero todavía menos imperceptible que antes:

— Ningún dolor. — Estoy agonizando.

Creí que no fuera prudente seguir incomodándole, y nada más fué dicho ni hecho hasta la liegada del Dr. F***, que fué poco antes de salir el sol; expresó una sorpresa sin limites al encontrar al enfermo todavia vivo. Después de tomarle el pulso y aplicarle un espejo á los labios, me pidió que hablara de nuevo al sonámbule. Lo hice, diciéndole:

— Mr. Valdemar, ¿dormis todavía?

Lo mismo que antes, pasaron algunos minutos sin que replicara; y mientras, parecia que juntaba todas sus fuerzas para hablar. Á mi cuarta repetición de la pregunta, respondió muy débilmente, con una voz casi imperceptible:

— Sí; todavía duermo — agonizando.

Fué entonces la opinión ó más bieu el deseo de los médicos que Mr. Valdemar permaneciera en aquel estado aparentemente tranquilo, hasta que llegara la muerte — y ésta, según todos creian, debia tener lugar de alli á pocos minutos. Terminé, sin embargo, por hablarle todavía una vez, repitiendo simplemente mi anterior pregunta.

Mientras hablaba, hubo un cambio marcado en el aspecto del sonámbulo. Los ojos giraron bajo el párpado casi cerrado, desapareciendo las pupilas haria arriba; el cutis afectaba en general un color cadavérico, que se parecia más el papel blanco que el pergamino; y las manchas circulares, síntomas de la fiebre ética, que hasta entonces se habían circunscrito al cen­tro de cada mejilla, se apagaron de repente. Uso esta palabra, porque la violencia de su desaparición me recordó la luz de una vela, extinguida por un soplo. El labio superior, al mismo tiempo, se torció fuera de los dientes, á los que cubría antes por completo; la mandíbula inferior cayó con un perceptible golpe, dejando la boca anchamente extendida descubriendo la lengua blanca é hinchada. Creo que todos estábamos acostumbrados á los horrores de los lechos de muerte; pero fué tan repugnante el aspecto de Mr. Valdemar en aquel momento, que hubo un movimiento de reti­rada general.

Comprendo que he alcanzado al punto de esta narra­ción en que cada lector se verá solicitado por una posi­tiva incredulidad. Mi tarea, sin embargo, consiste en proseguirla.

No quedó en Mr. Valdemar, el más débil signo de vitalidad; y creyéndole muerto, estábamos encargado su cuerpo á los enfermeros, cuando se observó en su lengua, un fuerte movimiento vibratorio. Fué visible durante un minuto casi. Al expirar este periodo, brotó de las mandíbulas dilatadas é inmóviles, una voz — que seria locura en mí, pretender describirla. Existen, á la verdad, dos ó tres epítetos que podrían considerarse como aplicables á ella, en parte; puedo decir, por ejemplo, que el sonido era bronco, y cortado, y hueco, pero su horroroso conjunto es indescriptible, por la simple razón de que jamás ha resonado un so­nido semejante en los oídos de la humanidad.

Había dos particularidades, sin embargo, que pensé y pienso todavía, pueden ser enunciadas con exactitud, tanto para comprender lo característico de su entona­ción, como bien adaptadas para hacerse una idea de su peculiaridad extraterrestre. En primer lugar, la voz parecía llegará nuestros oídos—al mio, por lo menos — desde una vasta distancia, desde alguna profunda caverna. Después, me pareció (temo, á la verdad, que me sea imposible ser comprendido) que algo gelatinoso ó glutinoso afectaba mi sentido del tacto.

He hablado de «sonido» y de «voz». Quiero decir que el sonido era de distinta — hasta de sorprendente, de pasmosa silabificación. Mr. Valdemar hablo — evi­dentemente en respuesta á la pregunta que le había hecho pocos minutos antes. Le había preguntado, se recordará, si dormía. Y él había dicho:

— Sí; no; — he estado durmiendo — y ahora — ahora estoy muerto.

Ninguna de las personas presentes afectó negar, ni pretendió reprimir el inexplicable — el tembloroso horror que esas palabras, así pronunciadas, trasmitie­ron á todos. Mr. L*** (el estudiante) se desmayó. Los enfermeros abandonaron la habitación inmediata­mente, y no se pudo conseguir que volvieran. Mis pro­pias impresiones, no pretendo hacerlas inteligibles al lector. Cerca de una hora nos ocupamos nosotros mis­mos, silenciosamente—sin pronunciar una palabra — en hacer volver en si á Mr. L***. Cuando lo consegui­mos, tratamos de hacer una nueva investigación del estado de Mr. Valdemar.

Era el mismo que he descrito la última vez, con la excepción de que el espejo no se empañaba ya, al ser aplicado á sus labios. Una tentativa de sacarle sangre de un brazó no tuvo éxito. Debo mencionar, además, que este miembro no estaba ya sujeto á mi voluntad. Ensayé inútilmente hacerle seguir la dirección de mi mano. La única indicación real, á la verdad, de la influeneia magnética fué encontrada en el movimiento vibratorio de la lengua, cuando dirigia á Mr. Valdemar alguna pregunta. Parecia hacer un esfuerzo por responder, pero ya no tenía suficiente volición. Si le hablaba alguna otra personá que yo parecía absolutamente insensible — aunque traté de cołocar á todos los presentes en relación mesmérica con él. Creo que he relatado ya todo lo necesario para poder conocer el estado del sonámbulo en esa época. Otros enfermeos fueron procurados; y á las diez sali de la casa en compañia de los dos médicos y de Mr. L***.

A la tarde fuimos todos á ver al paciente de nuevo. Su estado era exactamente el mismo. Tuvimos alguna discusión respecto á la conveniencia y posibilidad de despertarle; pero encontramos poca dificultad en convenir que no podia servir á ningún buen propósito. Era evidente, que hasta entonces, la muerle (ó lo que comúnmente se llama muerte) había sido detenida por el proceso mesmérico. Nos parecía claro á todos nosotros, que despertar á Mr. Valdemar, seria simplemente apresurar su fin, ó al menos, su rápida disolución.

Desde este periodo hasta la semana que acaba de terminar — un intervalo de cerca de siete meses — continuamos yendo diariamente á la casa de Mr. Valdemar, acompañados unas veces por médicos y otras por amigos. En todo ese tiempo el sonámbulo permaneció exactamente como lo he descrito la última ocasión. Los cuidados de los enférmeros eran continuos.

Fué el viernes último que resolvimos hacer el experimento de despertarlo ó de tratar de despertarlo y es el (quizá) infortunado resultado de este experimento, el que la dado origen á tantas discusiones en los círculos privados — á tanto de lo que no puedo impedirme de Hamar las injustificables creencias populares.

Con objeto de sacar á Mr. Valdemar de su catalepsia magnética, hice uso de les pases acostumbrados. Durante algunos momentos, fueron inútiles. La primera indicación de la vuelta á la vida, fué un descenso parcial del iris. Se observó como especialmente notable que este rebajamiento de la pupila, fué acompañado por la profusa salida de un licor amarillento (de debajo de les párpados) de un olor acre y muy repugnante. Se habló entonces de que debía tratar de influenciar el brazo del paciente como en otro tiempo. Hicela prueba, sin obtener éxito. El Dr. F***, entonces, manifestó el deseo de que hiciera al enfermo, una pregunta que me dictó.

— Mr. Valdemar, dije, ¿podéis explicarnos cuáles son nuestros sentimientos ó deseos ahora?

Hubo por un instante reaparición de las manchas de la fiebre, en las mejillas; la lengua se estremeció ó más bien giró violentamente dentro de la boca (aunque las mandíbulas y labios estuvieran tan rigidos como antes); y por úllimo, la misma voz horrorosa que he descrito, contestó:

— ¡Por Dios! — ¡pronto! — ¡pronto! — adormecedme — ó pronto — despertadme — ¡pronto! — ¡os digo que estoy muerto!

Me encontré completamente enervado y durante un momento no supe qué hacer. Al principio traté de volverle á su anterior estado, pero, cayendo bajo el impe­rio de mis deseos, volví sobre mis pasos y luché por despertarle. En este intento vi pronto que obtendría éxito — ó al menos, imaginé pronto que mi éxito sería completo — y estoy seguro que todos los asistentes estaban preparados para ver el despertar del enfermo.

Sin embargo, para lo que ocurrió en realidad, es per­fectamente imposible que ningtín ser humano estuviera preparado.

Al hacer rápidamente los pases mesméricos, entre emociones de ¡muerto! ¡muerto! que brotaban de la lengua y no de los labios del paciente, todo su cuerpo se estremeció de improviso — y en el espacio de un solo minuto ó hasta menos, se encogió — se desme­nuzó — absolutamente podrido entre mis manos. Sobre el lecho, sobre todos nosotros, cayó una especie de masa liquida — en la mas asquerosa — en las más abominable putrefacción.

FIN

------------

Origen textos (Consulta 1/08/24)



------------


Este relato sirvió de guion de "El pacto", capítulo de la serie Historias para no dormir (1966) de Narciso Ibáñez Serrador.


El pacto

Emisión: 25/03/1966
Basado en el relato "The Facts in the Case of M. Valdemar" (1845) de Edgar Allan Poe.

👉 Leer el relato (inglés/castellano) 


Un grupo de eminentes doctores se han reunido para ver el experimento del Dr. Fredrick Storm. Hipnotizar a una paciente demente. El resultado es exitoso, aunque no el esperado. El ayudante del Dr. Storm, el señor Valdemar le propone un pacto...

Manuel Galiana es Valdemar pero... ¿No parece el humorista José Mota?

"Ya que no puedo ver como logran curarlo,
vengo a ver cómo le dejan morir"

Chicho presenta la historia muy serio. No hay lugar para bromas con Poe (pero intercala fragmentos de dibujos animados para reírse de sí mismo). Anuncia que debuta en la serie el actor Narciso Ibáñez Menta (su padre) al que cita como "gran amigo y antiguo conocido" 😂

Chico adaptó el Valdemar por primera vez en la serie Obras maestras del terror, emitida en Argentina en 1959. Y al año siguiente en la adaptación al cine Obras maestras del terror (1960) dirigida por Enrique Carreras. Y en Historias para no dormir lo hizo dos veces, esta versión en 1966 y en el episodio 2 de la temporada 3, emitida en 1982. 

La primera parte del episodio es original. No es hasta que se nos nombra a Valdemar que la obra de Poe toma vida en la adaptación.

Mi momento loco favorito es cuando en casa de Valdemar, el Dr. Storm que acaba de llegar por primer vez a la casa, se ofrece en acompañar a los doctores hasta la puerta... 😆 ¡Que no es su casa! ¡Y encima hay el criado allí, sin nada que hacer!

Los susurros mortecinos de señor Valdemar siguen poniendo los pelos de punta.
 

👉 Leer más sobre Historias para no dormir


lunes, 12 de agosto de 2024

Relato "Marionetas S.A." de Ray Bradbury

 Marionettes, Inc. (1949)


Ray Bradbury


Título en castellano:
Marionetas S.A.

Relato completo (inglés / castellano)


Marionettes, Inc.


They walked slowly down the street at about ten in the evening, talking calmly. They were both about thirty-five, both eminently sober.
“But why so early?” said Smith.
“Because,” said Braling.
“Your first night out in years and you go home at ten o’clock.”
“Nerves, I suppose.”
“What I wonder is how you ever managed it. I’ve been trying to get you out for ten years for a quiet drink. And now, on the one night, you insist on turning in early.”
“Mustn’t crowd my luck,” said Braling.
“What did you do, put sleeping powder in your wife’s coffee?”
“No, that would be unethical. You’ll see soon enough.”
They turned a corner. “Honestly, Braling, I hate to say this, but you have been patient with her. You may not admit it to me, but marriage has been awful for you, hasn’t it?”
“I wouldn’t say that.”
“It’s got around, anyway, here and there, how she got you to marry her. That time back in 1979 when you were going to Rio --
“Dear Rio. I never did see it after all my plans.”
“And how she tore her clothes and rumpled her hair and threatened to call the police unless you married her.”
“She always was nervous, Smith, understand.”
“It was more than unfair. You didn’t love her. You told her as much, didn’t you?”
“I recall that I was quite firm on the subject.”
“But you married her anyhow.”
“I had my business to think of, as well as my mother and father. A thing like that would have killed them.”
“And it’s been ten years.”
“Yes,” said Braling, his gray eyes steady. “But I think perhaps it might change now. I think what I’ve waited for has come about. Look here.” He drew forth a long blue ticket.
“Why, it’s a ticket for Rio on the Thursday rocket!”
“Yes, I’m finally going to make it.”
“But how wonderful! You do deserve it! But won’t she object? Cause trouble?” Braling smiled nervously. “She won’t know I’m gone. I’ll be back in a month and no one the wiser, except you. 
Smith sighed. “I wish I were going with you.”
“Poor Smith, your marriage hasn’t exactly been roses, has it?”
“Not exactly, married to a woman who overdoes it. I mean, after all, when you’ve been married ten years, you don’t expect a woman to sit on your lap for two hours every evening, call you at work twelve times a day and talk baby talk. And it seems to me that in the last month she’s gotten worse. I wonder if perhaps she isn’t just a little simple-minded?”
“Ah, Smith, always the conservative. Well, here’s my house. Now, would you like to know my secret? How I made it out this evening?”
“Will you really tell?”
“Look up, there!” said Braling.
They both stared up through the dark air.
In the window above them, on the second floor, a shade was raised. A man about thirty-five years old, with a touch of gray at either temple, sad gray eyes, and a small thin mustache looked down at them.
“Why, that’s you!” cried Smith.
“Sh-h-h, not so loud!” Braling waved upward. The man in the window gestured significantly and vanished.
“I must be insane,” said Smith.
“Hold on a moment.” They waited.
The street door of the apartment opened and the tall spare gentleman with the mustache and the grieved eyes came out to meet them.
“Hello, Braling,” he said.
“Hello, Braling,” said Braling.
They were identical.
Smith stared. “Is this your twin brother? I never knew –”
“No, no,” said Braling quietly. “Bend close. Put your ear to Braling Two’s chest.”
Smith hesitated and then leaned forward to place his head against the uncomplaining ribs. Tick-tick-tick-tick-tick-tick-tick-tick.
“Oh no! It can’t be!”
“It is.”
“Let me listen again.”
Tick-tick-tick-tick-tick-tick-tick-tick.
Smith staggered back and fluttered his eyelids, appalled. He reached out and touched the warm hands and the cheeks of the thing.
“Where’d you get him?”
“Isn’t he excellently fashioned?”
“Incredible. Where?”
“Give the man your card, Braling Two.”
Braling Two did a magic trick and produced a white card: MARIONETTES, INC. Duplicate self or friends; new humanoid plastic 1990
models, guaranteed against all physical wear. From $7,600 to our $15,000 de luxe model.
“No,” said Smith.
“Yes,” said Braling.
“Naturally,” said Braling Two.
“How long has this gone on?”
“I’ve had him for a month. I keep him in the cellar in a toolbox. My wife never goes downstairs, and I have the only lock and key to that box. Tonight I said I wished to take a walk to buy a cigar. I went down cellar and took Braling Two out of his box and sent him back up to sit with my wife while I came on out to see you, Smith.”
“Wonderful! He even smells like you: Bond Street and Melachrinos!”
“It may be splitting hairs, but I think it highly ethical. After all, what my wife wants most of all is me. This marionette is me to the hairiest detail. I’ve been home all evening. I shall be home with her for the next month. In the meantime another gentleman will be in Rio after ten years of waiting. When I return from Rio, Braling Two here will go back in his box.”
Smith thought that over a minute or two. “Will he walk around without sustenance for a month?” he finally asked.
“For six months if necessary. And he’s built to do everything—eat, sleep, perspire—everything, natural as natural is. You’ll take good care of my wife, won’t you, Braling Two?”
“Your wife is rather nice,” said Braling Two. “I’ve grown rather fond of her.”
Smith was beginning to tremble. “How long has Marionettes, Inc., been in business?”
“Secretly, for two years.”
“Could I—I mean, is there a possibility——” Smith took his friend’s elbow earnestly. “Can you tell me where I can get one, a robot, a
marionette, for myself? You will give me the address, won’t you?”
“Here you are.”
Smith took the card and turned it round and round. “Thank you,” he said. “You don’t know what this means. Just a little respite. A night or so, once a month even. My wife loves me so much she can’t bear to have me gone an hour. I love her dearly, you know, but remember the old poem: ‘Love will fly if held too lightly, love will die if held too tightly.’ I just want
her to relax her grip a little bit.”
“You’re lucky, at least, that your wife loves you. Hate’s my problem.Not so easy.”
“Oh, Nettie loves me madly. It will be my task to make her love me comfortably.”
“Good luck to you, Smith. Do drop around while I’m in Rio. It will seem strange, if you suddenly stop calling by, to my wife. You’re to treat Braling Two, here, just like me.”
“Right! Good-by. And thank you.”
Smith went smiling down the street. Braling and Braling Two turned and walked into the apartment hall.
On the crosstown bus Smith whistled softly, turning the white card in his fingers: Clients must be pledged to secrecy, for while an act is pending in Congress to legalize Marionettes, Inc., it is still a felony, if caught, to use one.
“Well,” said Smith.
Clients must have a mold made of their body and a color index check of their eyes, lips, hair, skin, etc. Clients must expect to wait for two months until their model is finished.
Not so long, thought Smith. Two months from now my ribs will have a chance to mend from the crushing they’ve taken. Two months from now my hand will heal from being so constantly held. Two months from now my bruised underlip will begin to reshape itself. I don’t mean to sound ungrateful...
He flipped the card over.
Marionettes, Inc., is two years old and has a fine record of satisfied customers behind it. Our motto is “No Strings Attached.” Address: 43 South Wesley Drive.
The bus pulled to his stop; he alighted, and while humming up the stairs he thought, Nettie and I have fifteen thousand in our joint bank account. I’ll just slip eight thousand out as a business venture, you might say. The marionette will probably pay back my money, with interest, in many ways. Nettie needn’t know. He unlocked the door and in a minute was in the bedroom. There lay Nettie, pale, huge, and piously asleep.
“Dear Nettie.” He was almost overwhelmed with remorse at her innocent face there in the semidarkness. “If you were awake you would
smother me with kisses and coo in my ear. Really, you make me feel like a criminal. You have been such a good, loving wife. Sometimes it is impossible for me to believe you married me instead of that Bud Chapman you once liked. It seems that in the last month you have loved me more wildly than ever before.”
Tears came to his eyes. Suddenly he wished to kiss her, confess his love, tear up the card, forget the whole business. But as he moved to do this, his hand ached and his ribs cracked and groaned. He stopped, with a pained look in his eyes, and turned away. He moved out into the hall and through the dark rooms.

Humming, he opened the kidney desk in the library and filched the bankbook. “Just take eight thousand dollars is all,” he said. “No more than that.” He stopped. “Wait a minute.”
He rechecked the bankbook frantically. “Hold on here!” he cried. 
“Ten thousand dollars is missing!” He leaped up. “There’s only five thousand left! What’s she done? What’s Nettie done with it? More hats, more clothes, more perfume! Or, wait – I know! She bought that little house on the Hudson she’s been talking about for months, without so much as a by your leave!”
He stormed into the bedroom, righteous and indignant. What did she mean, taking their money like this? He bent over her. “Nettie!” he shouted. “Nettie, wake up!”
She did not stir. “What’ve you done with my money!” he bellowed.
She stirred fitfully. The light from the street flushed over her beautiful cheeks.
There was something about her. His heart throbbed violently. His tongue dried.
He shivered. His knees suddenly turned to water. He collapsed.
“Nettie, Nettie!” he cried. “What’ve you done with my money!”
And then, the horrid thought. And then the terror and the loneliness engulfed him. And then the fever and disillusionment. For, without desiring to do so, he bent forward and yet forward again until his fevered ear was resting firmly and irrevocably upon her round pink bosom. “Nettie!” he cried.
Tick-tick-tick-tick-tick-tick-tick-tick-tick-tick-tick.
As Smith walked away down the avenue in the night, Braling and Braling Two turned in at the door to the apartment. “I’m glad he’ll be happy too,” said Braling.
“Yes,” said Braling Two abstractedly.
“Well, it’s the cellar box for you, B-Two.” Braling guided the other creature’s elbow down the stairs to the cellar.
“That’s what I want to talk to you about,” said Braling Two, as they reached the concrete floor and walked across it. “The cellar. I don’t like it. I don’t like that toolbox.”
“I’ll try and fix up something more comfortable.”
“Marionettes are made to move, not lie still. How would you like to lie in a box most of the time?”
“Well –
“You wouldn’t like it at all. I keep running. There’s no way to shut me off. I’m perfectly alive and I have feelings.”
“It’ll only be a few days now. I’ll be off to Rio and you won’t have to stay in the box. You can live upstairs.”
Braling Two gestured irritably. “And when you come back from having a good time, back in the box I go.”
Braling said, “They didn’t tell me at the marionette shop that I’d get a difficult specimen.”
“There’s a lot they don’t know about us,” said Braling Two. “We’re pretty new. And we’re sensitive. I hate the idea of you going off and laughing and lying in the sun in Rio while we’re stuck here in the cold.”
“But I’ve wanted that trip all my life,” said Braling quietly. He squinted his eyes and could see the sea and the mountains and the yellow sand. The sound of the waves was good to his inward mind. The sun was fine on his bared shoulders. The wine was most excellent.
“I’ll never get to go to Rio,” said the other man. “Have you thought of that?”
“No, I –
“And another thing. Your wife.”
“What about her?” asked Braling, beginning to edge toward the door.
“I’ve grown quite fond of her.”
“I’m glad you’re enjoying your employment.” Braling licked his lips nervously.
“I’m afraid you don’t understand. I think—I’m in love with her.”
Braling took another step and froze. “You’re what?”
“And I’ve been thinking,” said Braling Two, “how nice it is in Rio and how I’ll never get there, and I’ve thought about your wife and—I think we could be very happy.”
“T-that’s nice.” Braling strolled as casually as he could to the cellar door.
“You won’t mind waiting a moment, will you? I have to make a phone call.”
“To whom?” Braling Two frowned.
“No one important.”
“To Marionettes, Incorporated? To tell them to come get me?”
“No, no—nothing like that!” He tried to rush out the door. A metal- firm grip seized his wrists. “Don’t run!”
“Take your hands off!”
“No.”
“Did my wife put you up to this?”
“No.”
“Did she guess? Did she talk to you? Does she know? Is that it?” He screamed. A hand clapped over his mouth.
“You’ll never know, will you?” Braling Two smiled delicately. “You’ll never know.”
Braling struggled. “She must have guessed; she must have affected you!”
Braling Two said, “I’m going to put you in the box, lock it, and lose the key. Then I’ll buy another Rio ticket for your wife.”
“Now, now, wait a minute. Hold on. Don’t be rash. Let’s talk this over!”
“Good-by, Braling.”
Braling stiffened. “What do you mean, ‘good-by’?”
Ten minutes later Mrs. Braling awoke. She put her hand to her cheek.
Someone had just kissed it. She shivered and looked up. “Why – you haven’t done that in years,” she murmured.
“We’ll see what we can do about that,” someone said.


THE END

------------

MARIONETAS S.A. 

Caminaban lentamente por la calle, a eso de las diez de la noche, hablando con tranquilidad. No tenían más de treinta y cinco años. Estaban muy serios.
-Pero ¿por qué tan temprano? -dijo Smith.
-Porque sí -dijo Braling.
-Tu primera salida en todos estos años y te vuelves a casa a las diez.
-Nervios, supongo.
-Me pregunto cómo te las habrás ingeniado. Durante diez años he tratado de sacarte a beber una copa. Y hoy, la primera noche, quieres volver en seguida.
-No tengo que abusar de mi suerte -dijo Braling.
-Pero, ¿qué has hecho? ¿Le has dado un somnífero a tu mujer?
-No. Eso sería inmoral. Ya verás.
Doblaron la esquina.
-De veras, Braling, odio tener que decírtelo, pero has tenido mucha paciencia con ella.
Tu matrimonio ha sido terrible.
-Yo no diría eso.
-Nadie ignora cómo consiguió casarse contigo. Allá, en 1979, cuando ibas a salir para Río.
-Querido Río. Tantos proyectos y nunca llegué a ir.
-Y cómo ella se desgarró la ropa, y se desordenó el cabello, y te amenazó con llamar a la policía si no te casabas con ella.
-Siempre fue un poco nerviosa, Smith, entiéndelo.
-Había algo más. Tú no la querías. Se lo dijiste, ¿no es así?
-En eso siempre fui muy firme.
-Pero sin embargo te casaste.
-Tenía que pensar en mi empleo, y también en mi madre, y en mi padre. Una cosa así hubiese terminado con ellos.
-Y han pasado diez años.
-Sí -dijo Braling, mirándolo serenamente con sus ojos grises-. Pero creo que todo va a cambiar. Mira.
Braling sacó un largo billete azul.
-¡Cómo! ¡Un billete para Río! ¡El cohete del jueves!
-Sí, al fin voy a hacer mi viaje.
-¡Es maravilloso! Te lo mereces de veras. Pero, ¿y tu mujer, no se opondrá? ¿No te hará una escena?
Braling sonrió nerviosamente.
-No sabe que me voy. Volveré de Río de Janeiro dentro de un mes y nadie habrá notado mi ausencia, excepto tú.
Smith suspiró.
-Me gustaría ir contigo.
-Pobre Smith, tu matrimonio no ha sido precisamente un lecho de rosas, ¿eh?
-No, exactamente. Casado con una mujer que todo lo exagera. Es decir, después de diez años de matrimonio, ya no esperas que tu mujer se te siente en las rodillas dos horas todas las noches; ni que te llame al trabajo doce veces al día, ni que te hable en media
lengua. Y parece como si en este último mes se hubiese puesto todavía peor. Me pregunto si no será una simple.
-Ah, Smith, siempre el mismo conservador. Bueno, llegamos a mi casa. ¿Quieres conocer mi secreto? ¿Cómo pude salir esta noche?
-Me gustaría saberlo.
-Mira allá arriba -dijo Braling.
Los dos hombres se quedaron mirando el aire oscuro.
En una ventana del segundo piso apareció una sombra. Un hombre de treinta y cinco años, de sienes canosas, ojos tristes y grises y bigote minúsculo se asomó y miró hacia abajo.
-Pero, cómo, ¡eres tú! -gritó Smith.
-¡Chist! ¡No tan alto!
Braling agitó una mano.
El hombre respondió con un ademán y desapareció.
-Me he vuelto loco -dijo Smith.
-Espera un momento.
Los hombres esperaron.
Se abrió la puerta de calle y el alto caballero de los finos bigotes y los ojos tristes salió cortésmente a recibirlos.
-Hola, Braling -dijo.
-Hola, Braling Dos-dijo Braling.
Eran idénticos.
Smith abría los ojos.
-¿Es tu hermano gemelo? No sabía que...
-No, no -dijo Braling serenamente-. Inclínate. Pon el oído en el pecho de Braling Dos.
Smith titubeó un instante y al fin se inclinó y apoyó la cabeza en las impasibles costillas.
Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic.
-¡Oh, no! ¡No puede ser!
-Es.
-Déjame escuchar de nuevo.
Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic.
Smith dio un paso atrás y parpadeó, asombrado. Extendió una mano y tocó los brazos tibios y las mejillas del muñeco.
-¿Dónde lo conseguiste?
-¿No está bien hecho?
-Es increíble. ¿Dónde?
-Dale al señor tu tarjeta, Braling Dos.
Braling Dos movió los dedos como un prestidigitador y sacó una tarjeta blanca.

"MARIONETAS, SOCIEDAD ANÓNIMA
Nuevos Modelos de Humanoides Elásticos.
De funcionamiento garantizado.
Desde 7.600 a 15.000 dólares.
Todo de litio."

-No -dijo Smith.
-Sí -dijo Braling.
-Claro que sí -dijo Braling Dos.
-¿Desde cuándo lo tienes?
-Desde hace un mes. Lo guardo en el sótano, en el cajón de las herramientas. Mi mujer nunca baja, y sólo yo tengo la llave del cajón. Esta noche dije que salía a comprar unos cigarros. Bajé al sótano, saqué a Braling Dos de su encierro, y lo mandé arriba, para que
acompañara a mi mujer, mientras yo iba a verte, Smith.
-¡Maravilloso! ¡Hasta huele como tú! ¡Perfume de Bond Street y tabaco Melachrinos!
-Quizás me preocupe por minucias, pero creo que me comporto correctamente. Al fin y al cabo mi mujer me necesita a mí. Y esta marioneta es igual a mí, hasta el último detalle. He estado en casa toda la noche. Estaré en casa con ella todo el mes próximo. Mientras tanto otro caballero paseará al fin por Río. Diez años esperando ese viaje. Y cuando yo vuelva de Río, Braling Dos volverá a su cajón.
Smith reflexionó un minuto o dos.
-¿Y seguirá marchando solo durante todo ese mes? -preguntó al fin.
-Y durante seis meses, si fuese necesario. Puede hacer cualquier cosa -comer, dormir, transpirar cualquier cosa, y de un modo totalmente natural. Cuidarás muy bien a mi mujer, ¿no es cierto, Braling Dos?
-Su mujer es encantadora -dijo Braling Dos-. Estoy tomándole cariño.
Smith se estremeció.
-¿Y desde cuándo funciona Marionetas, S. A.?
-Secretamente, desde hace dos años.
-Podría yo... quiero decir, sería posible... -Smith tomó a su amigo por el codo-. ¿Me dirías dónde puedo conseguir un robot, una marioneta, para mí? Me darás la dirección, ¿no es cierto?
-Aquí la tienes.
Smith tomó la tarjeta y la hizo girar entre los dedos.
-Gracias -dijo-. No sabes lo que esto significa. Un pequeño respiro. Una noche, una vez al mes... Mi mujer me quiere tanto que no me deja salir ni una hora. Yo también la quiero mucho, pero recuerda el viejo poema: «El amor volará si lo dejas; el amor volará si lo
atas.» Sólo deseo que ella afloje un poco su abrazo.
-Tienes suerte, después de todo. Tu mujer te quiere. La mía me odia. No es tan sencillo.
-Oh, Nettie me quiere locamente. Mi tarea consistirá en que me quiera cómodamente.
-Buena suerte, Smith. No dejes de venir mientras estoy en Río. Mi mujer se extrañará si desaparecieras de pronto. Tienes que tratar a Braling Dos, aquí presente, lo mismo que a mí.
-Tienes razón. Adiós. Y gracias.
Smith se fue, sonriendo, calle abajo. Braling y Braling Dos se encaminaron hacia la casa.
Ya en el ómnibus, Smith examinó la tarjeta silbando suavemente.
"Se ruega al señor cliente que no hable de su compra. Aunque ha sido presentado al Congreso un proyecto para legalizar Marionetas, S. A., la ley pena aún el uso de los robots."
-Bueno -dijo Smith.
"Se le sacará al cliente un molde del cuerpo y una muestra del color de los ojos, labios, cabellos, piel, etc. El cliente deberá esperar dos meses a que su modelo esté terminado."
No es tanto, pensó Smith. De aquí a dos meses mis costillas podrán descansar al fin de los apretujones diarios. De aquí a dos meses mi mano se curará de esta presión incesante. De aquí a dos meses mi aplastado labio inferior recobrará su tamaño normal.
No quiero parecer ingrato, pero... Smith dio vuelta la tarjeta.
"Marionetas, S. A. funciona desde hace dos años. Se enorgullece de poseer una larga lista de satisfechos clientes. Nuestro lema es «Nada de ataduras.» Dirección: 43 South Wesley."
El ómnibus se detuvo. Smith descendió, y caminó hasta su casa diciéndose a sí mismo: Nettie y yo tenemos quince mil dólares en el banco. Podría sacar unos ocho mil con la excusa de un negocio. La marioneta me devolverá el dinero, y con intereses. Nettie nunca
lo sabrá. Abrió la puerta de su casa y poco después entraba en el dormitorio. Allí estaba Nettie, pálida, gorda, y serenamente dormida.
-Querida Nettie. -Al ver en la semioscuridad ese rostro inocente, Smith se sintió aplastado, casi, por los remordimientos-. Si estuvieses despierta me asfixiarías con tus besos y me hablarías al oído. Me haces sentir, realmente, como un criminal. Has sido una
esposa tan cariñosa y tan buena. A veces me cuesta creer que te hayas casado conmigo, y no con Bud Chapman, aquel que tanto te gustaba. Y en este último mes has estado todavía más enamorada que antes. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Sintió de pronto deseos de besarla, de confesarle su amor, de hacer pedazos la tarjeta, de olvidarse de todo el asunto. Pero al adelantarse hacia Nettie sintió que la mano le dolía y que las costillas se le quejaban. Se detuvo, con ojos desolados, y volvió la cabeza. Salió de la alcoba y atravesó las habitaciones oscuras.
Entró canturreando en la biblioteca, abrió uno de los cajones del escritorio, y sacó la libreta de cheques.
-Sólo ocho mil dólares -dijo-. No más. -Se detuvo-. Un momento.
Hojeó febrilmente la libreta.
-¡Pero cómo! -gritó-. ¡Faltan diez mil dólares! -Se incorporó de un salto-. ¡Sólo quedan cinco mil!
¿Qué ha hecho Nettie? ¿Qué ha hecho con ese dinero? ¿Más sombreros, más vestidos, más perfumes? ¡Ya sé! ¡Ha comprado aquella casita a orillas del Hudson de la que ha estado hablando durante tantos meses!
Se precipitó hacia el dormitorio, virtuosamente indignado. ¿Qué era eso de disponer así del dinero? Se inclinó sobre su mujer.
-¡Nettie! -gritó-. ¡Nettie, despierta!
Nettie no se movió.
-¡Qué has hecho con mi dinero! -rugió Smith.
Nettie se agitó, ligeramente. La luz de la calle brillaba en sus hermosas mejillas.
A Nettie le pasaba algo. El corazón de Smith latía con violencia. Se le secó la boca. Se estremeció. Se le aflojaron las rodillas.
-¡Nettie, Nettie! -dijo-. ¿Qué has hecho con mi dinero?
Y en seguida, esa idea horrible. Y luego el terror y la soledad. Y luego el infierno, y la desilusión. Smith se inclinó hacia ella, más y más, hasta que su oreja febril descansó, firmemente, irrevocablemente, sobre el pecho redondo y rosado.
-¡Nettie! -gritó.
Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic...
Mientras Smith se alejaba por la avenida, internándose en la noche, Braling y Braling Dos se volvieron hacia la puerta de la casa.
-Me alegra que él también pueda ser feliz -dijo Braling.
-Sí -dijo Braling Dos distraídamente.
-Bueno, ha llegado la hora del cajón, Braling Dos.
-Precisamente quería hablarle de eso -dijo el otro Braling mientras entraban en la casa-. El sótano. No me gusta. No me gusta ese cajón.
-Trataré de hacerlo un poco más cómodo.
-Las marionetas están hechas para andar, no para quedarse quietas. ¿Le gustaría pasarse las horas metido en un cajón?
-Bueno...
-No le gustaría nada. Sigo funcionando. No hay modo de pararme. Estoy perfectamente vivo y tengo sentimientos.
-Esta vez sólo será por unos días. Saldré para Río y entonces podrás salir del cajón. Podrás vivir arriba.
Braling Dos se mostró irritado.
-Y cuando usted regrese de sus vacaciones, volveré al cajón.
-No me dijeron que iba a vérmelas con un modelo difícil.
-Nos conocen poco -dijo Braling Dos-. Somos muy nuevos. Y sensitivos. No me gusta nada imaginarlo al sol, riéndose, mientras yo me quedo aquí pasando frío.
-Pero he deseado ese viaje toda mi vida -dijo Braling serenamente.
Cerró los ojos y vio el mar y las montañas y las arenas amarillas. El ruido de las olas le acunaba la mente. El sol le acariciaba los hombros desnudos. El vino era magnífico.
-Yo nunca podré ir a Río -dijo el otro-. ¿Ha pensado en eso?
-No, yo...
-Y algo más. Su esposa.
-¿Qué pasa con ella? -preguntó Braling alejándose hacia la puerta del sótano.
-La aprecio mucho.
Braling se pasó nerviosamente la lengua por los labios.
-Me alegra que te guste.
-Parece que usted no me entiende. Creo que... estoy enamorado de ella.
Braling dio un paso adelante y se detuvo.
-¿Estás qué?
-Y he estado pensando -dijo Braling Dos- qué hermoso sería ir a Río, y yo que nunca podré ir... Y he pensado en su esposa y... creo que podríamos ser muy felices, los dos, yo y ella.
-M-m-muy bien.-Braling caminó haciéndose el distraído hacia la puerta del sótano-.
Espera un momento, ¿quieres? tengo que llamar por teléfono.
Braling Dos frunció el ceño.
-¿A quién?
-Nada importante.
-¿A Marionetas, Sociedad Anónima? ¿Para decirles que vengan a buscarme?
-No, no... ¡Nada de eso!
Braling corrió hacia la puerta. Unas manos dc hierro lo tomaron por los brazos.
-¡No se escape!
-¡Suéltame!
-No.
-¿Te aconsejó mi mujer hacer esto?
-No.
-¿Sospechó algo? ¿Habló contigo? ¿Está enterada? 
Braling se puso a gritar. Una mano le tapó la boca.
-No lo sabrá nunca, ¿me entiende? No lo sabrá nunca.
Braling se debatió.
-Ella tiene que haber sospechado. ¡Tiene que haber influido en tí!
-Voy a encerrarlo en el cajón. Luego perderé la llave y compraré otro billete para Río, para su esposa.
-¡Un momento, un momento! ¡Espera! No te apresures. Hablemos con tranquilidad.
-Adiós, Braling.
Braling se endureció.
-¿Qué quieres decir con «adiós»?
Diez minutos más tarde, la señora Braling abrió los ojos. Se llevó la mano a la mejilla. Alguien la había besado. Se estremeció y alzó la vista.
-Cómo... No lo hacías desde hace años -murmuró.
-Ya arreglaremos eso -dijo alguien.

FIN


------------


Este relato sirvió de guion de "El doble", capítulo de la serie Historias para no dormir (1966) de Narciso Ibáñez Serrador.


El doble

Emisión: 18/03/1966
Basado en el relato "Marionettes, Inc." (1949) de Ray Bradbury


Dos amigos han salido una noche. Los dos se sienten "atrapados" en sus vidas, unas vidas en apariencia felices. Uno cuenta cómo ha adquirido un doble para que le suplante en casa y así poder irse de viaje a los Mares del Sur. El otro se plantea adquirir uno de esos dobles... 

Consulta la cartilla de ahorro y... ¡Oh, sorpresa!


En el gag de la presentación, Chicho se queja de los críticos que le tildan de ser un realizador frío y maquinal. Cuando se queda parado un ayudante viene a darle cuerda. 😂

"El doble" es un robot. Hoy diríamos que es un clon, porque se parece al original no solo en la apariencia, sino que también tiene los mismos anhelos.

Detalles logísticos:
Hacer un doble cuesta 15.000 $ y tardan dos meses en crearlo.

SEXO SEXO SEXO
(Y ahora que he captado tu atención...)
Cuando el tipo dice que su doble puede suplantarlo en todo, el amigo se pregunta si acaso con su mujer... El tipo enseguida cuenta que él y su mujer duermen en camas separada debido a la frialdad de ella y lo mucho que a él le disgusta la esposa.
¬_¬ 
Pero el doble no parece molesto con la esposa, al contrario.
Y el amigo, el de la esposa afectuosa, hace dos meses que le han dado el cambiazo y no se ha dado cuenta de nada...

Detalles de calendario: 
El relato fue escrito en 1949 y la acción ocurre "en el futuro", en 1983. 
Cuando Chicho lo adapta, 1966, la acción sigue siendo "en el futuro". 
Pero cuando se emite en The Ray Bradbury Theater (fue el primer capítulo de esa serie) estamos ya en... 1985. 
 

👉 Leer más sobre Historias para no dormir