El escalofriante caso Pelicot obligó a ver la realidad: no existe un perfil único de agresor sexual (un violador no tiene por qué ser un hombre con pasamontañas acechando en un callejón). Los agresores podían ser tipos anodinos con vidas "normales" (parejas, novios, esposos y padres de familia). Tipos a los que algo dentro de ellos y la sensación de impunidad les hizo cruzar al otro lado.
Hay personas que nunca lo harán. Pero hay personas que ante la percepción de impunidad cruzan la línea roja que la sociedad ha marcado. Y entonces "personas normales" hacen cosas "no normales": violar, matar, pegar, robar, o delitos mucho más triviales.
El documental presenta siete mujeres vinculadas por familia a esos criminales: madre, pareja, esposa, ex-pareja e hija. Y digo presenta, porque el documental no va mucho más allá. No se adentra en por qué algunas de esas mujeres no solo no se han alejado del criminal, sino que siguen fieles a él. Uno de los testimonios es una mujer que conoció a su pareja actual cuando él ya estaba envuelto en el caso. Es decir, inició una relación con un hombre que había ido a agredir sexualmente a una mujer drogada.
El documental subraya que con el juicio la vergüenza y la culpa cambió de bando. No debe ser la víctima agredida la que deba esconderse y sentir culpa. ¡Debe ser el agresor! Pero el documental se esconde tras esas mujeres, víctimas colaterales que un día descubren de golpe que su hijo, pareja o padre está acusado de violación; mujeres a las que "la turba con antorchas de Internet" las culpabiliza. Esas personas no solo reciben el shock de que un familiar es un criminal, sino que de la noche a la mañana se les culpabiliza y sufren hostigamiento.
El documental no se atreve con "la turba con antorchas de Internet", ni con esas personas gritando a las puertas del tribunal y ejecutando un haka coreográfico como si estuvieran en su clase de pilates. El documental no les pregunta sobre sus pancartas y sus proclamas. Ni el por qué de su "ataque" contra las mujeres relacionadas, a su pesar, con los delitos de sus allegados: los verdaderos culpables.
Y el documental no lo hace porque eso obligaría, una vez más, a afrontar la realidad. Y la realidad es que el violador no lleva un cartel que lo identifique. Y es mucho más fácil culpabilizar por proximidad, por parentesco o por cualquier otro rasgo o razón ridícula. Es mucho más fácil generalizar: "todos X son tal cosa". Y así seguimos con la hipocresía tranquilizadora, creyendo que "los malos son monstruos y que existe un gen de la maldad" (un gen que se puede identificar y por tanto, generalizar a los que lo tengan).
Pero no es así. Las malas personas, los monstruos, son personas "normales" y la mayoría con vidas anodinas. Como esos hombres que contactaron con Dominique Pelicot para ir hasta su casa y abusar de Gisèle.
(Affaire Pelicot: les femmes de Mazan; 2025).
Dirección: Alyssa Makni, Delphine Welter