La desdichada vida de Oharu, una mujer sin libre albedrío, sometida a cumplir funciones y desechada luego. Un dramón, en espiral de desgracias, con una protagonista a la que la vida se empeña en negarle no ya la felicidad, sino un mínimo de paz y reposo.
Oharu (Kinuyo Tanaka) trabaja en la Corte. Un criado de rango inferior (Toshiro Mifune por primera y quizás única vez con Mizoguchi) insiste en declararle su amor. Cuando ella accede, pues luego sabremos que en verdad también le ama, es descubierta.
Oharu "muriéndo" de amor. Quizás el momento más feliz de su vida
Su amor es frustrado. Ella es enviada al exilio junto a su familia, cómplices de su moral distraída. Y el pobre criado, es ejecutado.
Causante pues de la caída en desgracia de su familia, Oharu aceptará -a regañadientes- luego, ser la concubina de un señor feudal.
Cuando Oharu da a luz a un varón, deciden echarla y devolverla a su familia. Separándola para siempre de su hijo.
Ahora su familia no solo está apartada de los círculos de poder e influencia sino que debe grandes sumas de dinero. El padre, creyendo que Oharu siendo la madre del futuro señor, sería rica, ha gastado mucho más de lo que nunca llegarán a tener.
Oharu debe trabajar como geisha.
Su carácter, altivo y orgulloso, le trae nuevos disgustos. El propietario amenaza con echarla si no es más humilde. Un gañán con un montón de monedas quiere comprarla. Luego, resultará ser un falsificador.
Oharu, con sus cosas, deberá volver a su casa.
Entra luego a servir a una casa y toda va bien hasta que su pasado es descubierto. El señor, tratándola de prostituta, pretende acostarse con ella. Pero la esposa, una mujer a la que se le cae el pelo, teme que Oharu le robe el marido, así que pretende cortarle el cabello para humillarla.
Oharu se venga, descubriendo el secreto y es obligada a irse.
De nuevo en su casa, un buen hombre que fabrica abanicos desea hacerla su esposa, aún conociendo su pasado. La desgracia no tarda en volver, el marido es asesinado por unos ladrones y, sin nada de herencia, debe volver a marcharse.
Harta de todo, Oharu intenta entrar a un templo. Allí su pasado vuelve en forma de facturas. Oharu, se quita el kimono cuyo pago de la tela le reclaman. El cobrador intentará cobrar de otra manera, pero son descubiertos y ante tal ofensa, Oharu es echada del templo.
Se reencuentra luego con un criado, que ha huido llevándose unos dineros. Antes que sus planes de huir juntos tomen forman, son descubiertos.
Oharu, ya en la pobreza, toca el shamisen. Es recogida por unas prostitutas que le animan a unirse a ellas.
Entonces, es humillada una vez más y cae enferma.
Su madre reaparece y le cuenta que su hijo es el nuevo señor y que la acogerá en la casa del clan.
Oharu nunca llega a poder hablar con él, su mala vida (a la que los del clan abocaron echándola tras dar a luz al heredero) no le permite acercarse a su hijo. Ante la perspectiva de una vida de reclusión, Oharu huye.
El film termina con una Oharu vagando por las calles y pidiendo limosna
Mientras que la novela original: Vida de una mujer amorosa (1686), del escritor Ihara Saikaku, tiene una estructura compuesta de historias cortas contadas en primera persona por la protagonista (que por cierto, no tiene nombre), la película de Kenji Mizoguchi opta por una estructura circular.
Arranca con una Oharu mayor, que al ir a refugiarse en un templo, revive en su recuerdo la sucesión de desgracias de su penosa existencia.
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Kinuyo Tanaka & Toshiro Mifune |
Otros detalles, apuntan a este circulo narrativo. En un momento, Oharu volviendo de la corte donde le han arrebatado al hijo, ve a una muchacha pobre tocando un shamisen y le da una limosna. Ella misma, tiempo después, mendigará tocando el shamisen.
En esta inacabable sucesión de desgracias, Kenji Mizoguchi sazona la película con algunos momentos que podríamos señalar de cómicos:
El tipo que busca a la concubina perfecta, descartando una detrás de otra por detalles nimios.
O el señor que pretende que le afeiten mientras su esposa lo acusa de gastarse los dineros en los barrios del vicio.
No son extrañas las prostitutas como protagonistas en las películas de Mizoguchi. Quizás más libres que las encorsetadas mujeres de la corte que veremos aquí, las viejas prostitutas del final, ayudan y acogen a Oharu. Se ríen de su propia miseria y de sus clientes.
Aunque al final de la película Oharu debe contar poco más de 40 años (si llega), el paso del tiempo ha ido transcurriendo en una película, siempre en movimiento, que jamás se detiene en nada.
La naturalidad y la verosimilitud de ambientes y vestuario (y peinado) están cuidados al detalle. A Mizoguchi parece que no le agradaban las apariencias: si en la corte vestían quimonos de seda, de seda debían ser los quimonos de los actores. Y como un Werner Herzog, si las prostitutas padecían frío en la calle, frío había que hacer. Y uno siente frío en esos páramos de extrarradio que ni a callejuelas llegan. Y corre, como Oharu, a refugiarse ante una fogata improvisada. Será del poco "calor" que llegaremos a sentir.
La vida Oharu (Saikaku ichidai onna; 1952) dirigida por Kenji Mizoguchi.
Guion: Yoshikata Yoda.
Según una novela de Saikaku Ihara.
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Esta forma de viajar no parece muy cómoda |